sábado, 29 de julio de 2017

NOSOTROS ENTRAMOS DONDE TODOS QUIEREN SALIR: BOMBEROS FORESTALES, HÉROES ANÓNIMOS

El año pasado más o menos por estas fechas ya me despachaba a gusto con el sistema educativo y los malos hábitos que se siguen en los colegios de buena parte de nuestro país. Igualmente, en aquella entrada tocaba de pasada en qué se había convertido el whatssapp de los padres (aunque en realidad la mayoría son madres) del grupo de mi hijo, en un cajón de sastre donde se habla un 1 % de aspectos escolares y el 99 % de chorradas: gente que te manda una foto de un café con churros y los buenos días pero que luego no te saluda por la calle, un ciclón de cadenas absurdas, las cientos de fotos de los preparativos de los trajes para festivales y charangas varias y, por supuesto, el inefable regalito al profesor por lo bien que lo ha hecho.

Por cierto, desde que mi hijo está en el colegio en Bailén hay un aspecto que ni entiendo ni jamás entenderé, yo soy el único padre o casi, que va a las reuniones del colegio o tutorías, y participa (muy poco porque no hay margen) en el referido whatssapp, como si la educación de un hijo fuera solo una cuestión de madres. Y lógicamente no critico a las madres, sino a esos padres, porque yo conozco los de la clase de mi hijo, y no todos trabajan por las tardes, es más, no todos están trabajando.

Dicho esto, y subrayando que ese whatssapp no contribuye a romper mitos acerca del papel de la mujer en la sociedad actual, y «mis madres» se empeñan en tener esa aplicación como una extensión del chismorreo de la cola de la tienda, pues este año quise meter un poco de cizaña en el grupo y he de reconocer que a sabiendas.

Ciertamente me exaspera que en ese whatssapp apenas se hable de asuntos escolares, exámenes, trabajos, ejercicios..., así que dos meses antes del fin del curso, comenzó a moverse uno de los que se ha revelado como asunto estrella en el grupo y que más (las) excita: el regalito al maestro. No me gusta ni que se le haga el regalo y, ni mucho menos, que me inunden mi teléfono móvil con decenas de fotos de las propuestas del presente que se le va a obsequiar, una auténtica cuestión de Estado.

Total, que a las primeras de cambio señalé textualmente lo siguiente: «Buenas, soy el padre de XXX. Sin entrar en polémicas y desde un punto de vista personalísimo, no estoy de acuerdo en que se le haga un detalle a este profesor ni a ninguno. Es un servidor público que ya está remunerado por la labor que hace, que la hace muy bien y los niños se percibe que están muy contentos con él».

Ni que decir tiene que las madres se me lanzaron a la yugular, incluso alguna que en privado me había secundado se desdijo, imagino que por no quedar en evidencia ante la mayoría, o abrumada por esta; todas daban razones más o menos erráticas, y hasta una de ellas, probablemente la más fronteriza con la imbecilidad me comentó que qué problema había en dar 2,5 euros, a lo que le contesté educadamente que respetaba su opinión pero que no era una cuestión de dinero, lo cual era obvio, aunque no sé si lo entendió. Al final la absurda conclusión del porqué del regalito es que era una tradición, así de simple.

Yo sigo y seguiré en mis trece, nuestros profesores son servidores públicos que no necesitan premios o especiales prebendas por el ejercicio de su función. Nadie debe recibir un jamón, ni un traje, ni una botella de vino por hacer un trabajo de carácter público, pues ya cobra por ello de todos y cada uno de los ciudadanos.

Tengo muchos amigos maestros y algunos a buen seguro que leen esto, y reconozco como toda la sociedad que ejercen una labor importantísima, esencial para el crecimiento integral de nuestros hijos, es un trabajo muy bonito que necesariamente debiera ser vocacional y que no está exento de sinsabores y de algunos riesgos, riesgos implícitos como que te toque alguna familia conflictiva y esta no entienda que te tienes que ceñir a tu cometido o a la legalidad imperante, aunque eso pueda incomodar.

Para el que haya llegado aquí y no me conozca, yo también soy un servidor público y asumo también un cierto riesgo, limitado bien es cierto. Un par de veces me han amenazado de muerte, tal vez mi hermana que me lee normalmente se asuste con esta afirmación, pero por la entidad de los que emiten esos mensajes los entiendo como brindis al sol. Amenazas que vienen generadas por actuaciones que he llevado a cabo en el estricto cumplimiento de la legalidad y por mi responsabilidad, y que al que las ha recibido no le han gustado: sanciones, resoluciones en el marco de mi actuación en un tribunal de oposiciones, denegación de indemnizaciones...

No soy de los que se arredre con facilidad, porque vivir pensando que te puede pasar algo accidental por el simple hecho de vivir, impediría salir a la calle por la posibilidad de que te caiga una maceta de arriba, pero hay un resquemor latente, porque siempre digo que locos hay en todos sitios, y cualquiera te monta un Puerto Hurraco antes de que parpadees.

Esos riesgos existen pero ocupan la parte más nimia de mis ocupaciones y preocupaciones laborales, la mayor parte del tiempo trabajo a gusto en algo que me llena y en unas condiciones razonablemente buenas; tesitura en la que se encuentra el profesorado y un montón de servidores públicos de cuello blanco que trabajamos en edificios climatizados sin que nos afecte si fuera hace frío, calor o caigan chuzos de punta, y el sueldo es digno, todos desearíamos más, pero...; así que riesgo sí, pero bastante controlado.

Hace unas semanas me tocó vivir una situación inédita, de hecho, tal y como se sucedió por las fechas, puedo decir que es una extraña casualidad; iba a pasar unas minivacaciones con mi familia en Mazagón (Huelva) y el domingo atravesaba la carretera que va desde Huelva hacia este pueblo costero mientras sobre nosotros una columna de humo se extendía tapando el astro rey, y es que la noche anterior se había iniciado uno de los incendios forestales más terribles e impactantes de los últimos años en Andalucía, básicamente porque asediaba el emblemático Parque de Doñana. Y refiero lo de la casualidad porque era la primera vez que iba a dormir en Mazagón en mis 49 años de vida y justo se inicia el incendio unas horas antes de que aterrizara por allí.

Casualmente, otra serendipia, apenas tres o cuatro días antes había estado tomado café con mi amigo Jerónimo Lara que es bombero forestal (formamos parte del Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, y aunque nos vemos poco sus integrantes, cuando lo hacemos tenemos unas tertulias muy intensas en las que recuperamos en horas lo que hemos perdido en meses sin vernos) y refería cómo está gestionado el dispositivo del Plan Infoca, y la buena organización que vela para que el preciadísimo bien que es nuestro entorno natural no sufra los avatares de cuatro desalmados y se preserve para generaciones futuras. Particularmente refería la existencia de un monstruo de helicóptero, el Kamov, de fabricación rusa, del que teníamos el orgullo de contar con una unidad en nuestra provincia de las dos existentes en Andalucía, concretamente en el Centro de Defensa Forestal de Huelma.

La tarde de aquel domingo en la playa de Mazagón no pudo ser más ajetreada, asistíamos a un triste documental en directo, era una sucesión de sentimientos encontrados, había rabia porque a cada instante, cada vez que mirabas las columnas de humo notabas como una parte nuestra se estaba quemando, pero también orgullo de que una infinidad de medios estaban trabajando para limitar las consecuencias y neutralizar el incendio cuanto antes.

Aquella tarde y los días posteriores fueron un frenético ir y venir de vehículos, aviones, helicópteros, autobombas y, fundamentalmente, de personas. No menos de cincuenta veces los hidroaviones pasaron a apenas quinientos metros de donde estábamos, recogiendo agua de mar para sofocar las llamas. Con esa cierta preocupación por la cercanía del humo, Jerónimo me estuvo informando de aspectos técnicos muy interesantes vía whatssapp (que sirve y mucho también para cosas buenas), a la par que me confirmaba que el Kamov de Huelma estaba trabajando ya allí.

El ver las caras del esfuerzo de esas personas que estaban trabajando al pie del cañón, pero con la serenidad con la que prácticamente te aseguraban que el incendio estaba en vías de ser controlado, a uno de ellos me salió decirle «estamos en buenas manos», a la par que casi se me saltaban las lágrimas.

Jerónimo me dijo una frase que seguramente utilizan los bomberos forestales «Nosotros entramos donde todos quieren salir». Qué gran verdad y qué orgullo y tranquilidad saber que contamos con profesionales, con servidores públicos que arriesgan su vida para proteger nuestra naturaleza y, en definitiva, para proteger nuestras vidas.

Servidores públicos, estos sí, que tienen un riesgo real presente en su jornada laboral, y no un riesgo residual como el que yo tengo o tiene un maestro. Servidores públicos estos bomberos forestales que no reciben regalos por lo bien que lo han hecho, ni aplausos y, si acaso, de vez en cuando, algún agradecimiento puntual como el que yo hice.

Servidores públicos que se juegan la vida cada vez que van a apagar un incendio, que sacrifican a su familias durante los meses en los que otros están de vacaciones, para los que no hay fines de semanas ni noches de sueño reparador cuando las llamas acosan nuestros montes.

Servidores públicos que no cobran más que un servidor público de cuello blanco como yo, es más, sus sueldos son una ridiculez para el trabajo que desarrollan. Encima son socialmente inexistentes, pese a que están ojo avizor para el momento en que se les llame estar donde se les necesita, pero nadie les regalará un reloj, una mochila, una botella de vino o un sombrero, aunque eso sí, acudimos y confiamos en ellos cuando todos estamos deseando salir y ellos entran porque están acostumbrados a ello, es su trabajo, cobran por ello, y asumen ese riesgo, pero permítamenlo son héroes anónimos, porque salvan vidas.

Héroes anónimos que están para servirnos, como lo son la policía, la guardia civil, los bomberos urbanos..., tantos y tantos trabajadores, a los que a algunos se les grita o se les insulta porque defienden la legalidad, sin esperar nada a cambio, sin regalos, más allá de su sueldo. Y es que cuando nosotros salimos de un sitio que nos incomoda, otros están dispuesto a jugarse la vida en nombre de la colectividad.

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