domingo, 2 de julio de 2017

EL DÍA QUE PARTICIPÉ EN UN LINCHAMIENTO

El hecho de que haya venido a mi vida un niño cuando yo tengo una edad relativamente madura, dejémoslo ahí, ha tenido un montón de consecuencias positivas en mi existencia, y una de ellas, no la más importante, es que con él rememoro vivencias que me ocurrieron cuando niño, porque proyecto en él aquellas experiencias, y concluyo en que, a pesar de que han pasado en torno a cuarenta años desde que yo paseaba mi mochila por el cole, sustancialmente no han cambiado muchas cosas, es como si se repitiera la misma historia.

Las peripecias del recreo suelen ser un recurrente tema de conversación, con respecto a la oficialidad de lo que ocurre en el plano docente que queda en segundo plano y que es más aburrido o menos dado a noticias que lo otro. Sí, mi hijo refiere los juegos de recreo y las cuitas que hay entre compañeros y mi sentencia es que los niños son niños en todas las épocas y las formas de socializarse pueden cambiar en el tiempo pero su esencia en la misma.

Alguna que otra peleílla me confesaba que se producía de vez en cuando, algo ciertamente normal y que hay que tomar en consideración en su justa medida, porque saber defenderse es intrínseco al ser humano y si los adultos nos metemos en querer sobreproteger estaremos malcriando a nuestros hijos, por eso hay que dejarlos un poco, esa es mi opinión, siempre y cuando la sangre no llegue al río.

Pues eso, que me refería que algún que otro compañero poco espabilado solía ser el blanco de las mofas del resto, algo que tampoco me gusta, pero es que suele ser una figura que también recuerdo que existía en mi escuela, y los niños éramos y son crueles, y nos pasábamos. Tal vez yo no.

Le pregunté a mi hijo si en el recreo jugaban a «mosca» o a «zurreón», o a «urda» y me dijo que no (interesantes juegos para tratar en este blog en dicha etiqueta), sobre todo, todos ellos un tanto violentos se basaban en golpear de alguna forma al que se la quedaba. Probablemente el juego de mosca sea el más conocido, dos filas paralelas de chicos (o chicas aunque las de mi clase jamás jugaron) abren un pasillo para que el que se la queda pase y puede ser golpeado por otro siempre que este no sea visto. Lo que ocurría en este juego en mi colegio es que siempre estaba el mismo que siempre se la quedaba y se llevaba todos los palos, parecía masoca, si no estaba él otros dos o tres tomaban el testigo.

Por respeto a él que sé que vive, aunque hace años que no lo veo, diré que S.E. era el prototipo de bobo de mi clase, con poca inteligencia y nula maldad, y que además no iba bien en los estudios, había una conjunción de factores muy critica, hoy podríamos considerar que le falta un hervor.

A estas alturas de la película tengo que decir que casi sin saberlo o sabiéndolo yo, siempre he intentado seguir esa máxima que luego me recordaron antes de ir a la mili, de no llamar la atención ni por arriba ni por abajo, es decir, ni muy listo ni muy tonto, no levantar la liebre, pasar desapercibido. Y en el cole me pasaba eso, no era de los que animaban a S.E. a que se la quedara en «mosca», aunque seguro que alguna vez le di alguna colleja, no lo niego.

Curiosamente esta historia de bobos y listos, de buenos y malos, y de invisibles (categoría en la que yo me encontraba), me llevó a otra que le apunté a mi hijo muy de refilón y que pasa por ser una de las más increíbles de mi vida y que dan título a esta entradilla. Historia que por más que la recuerdo me parece tan fantástica, tan increíble y surrealista que pese a que la viví en primera persona a veces me pregunto si no la soñé.

De algún modo, también era una historia de buenos y malos, de bobos y listos, de macarrillas y chuletas. Yo he vivido siempre en un barrio obrero que albergaba a cientos de familias a los que daba de comer Metalúrgica Santana (la que fabricaba los Land Rover en España) en Linares y con el boom de natalidad que hubo a finales de los 60 en España, la vida en la calle dista mucho de la actual, decenas de niños salíamos en tropel todos los días del año a jugar a lo que fuera, y nos conocíamos todos y lógicamente los había de todos los pelajes. Entre ellos estaba el que hoy traigo a colación, y protagonista principal de la historia, como también vive también respetaré su identidad aunque dudo que esto lo vaya a leer alguna vez, se trataba de P.V. El susodicho era el gamberrete de la calle, un tipo entre bobo y malvado que no solía tener buenas ocurrencias, entre sus méritos se contaba que una vez le pegó una pedrada a una niña y le vació el ojo para siempre.

P.V. no era ni mucho menos un delincuente, a tanto no llegaba, ni tampoco era pandillero infantil-juvenil, era el malo de la calle sin más. Un chaval en el que nadie confiaba, siempre trataba de engañar, se le iba la mano con facilidad, le gustaba apropiarse de lo ajeno, era generalmente sucio, desaliñado, maloliente y con mocos perennes, aunque su familia sabíamos que estaba económicamente mejor que el resto (su padre tenía una empresilla), hasta el punto de que construyó un chalé a las faldas de la explanada que utilizábamos para jugar al fútbol. Su madre era la única del barrio que acudía a comprar a la tienda en zapatillas de paño, algo que ya me resultaba chocante, así que es imaginable cómo detesto hoy la moda de esos/as que van a comprar al Mercadona o el Lidl con pantuflas, pijama o bata, o todo a la vez.

Bueno, pues pese a todo él era un «amigo». La paradoja era tal que hicimos un equipo de fútbol, compramos unas camisetas, y él formaba parte del mismo, pero cuando un balón se salía del campo y llegaba a los aledaños de su chalé su madre nos lo confiscaba y se acababa el partido sin que él dijera nada.

Pues eso, P.V. era un tipo que a base de hacer una trastada tras otra llegó el momento y no se cuál fue la chispa que encendió la llama, pero el caso es que un día, yo debería tener trece o catorce años, estamos hablando de principios de los años 80 y, algo muy gordo debía haber hecho o por acumulación (a lo mejor fue por la sucesiva confiscación de balones), pero el caso es que fue un clamor en la calle que P.V. debía de llevarse su merecido de una vez por todas. No recuerdo muy bien las fechas pero por el buen tiempo que hacía, podría ser mayo o junio, o tal vez septiembre, lo cierto es que la mano invisible del odio se extendió con rapidez y una tarde decidimos anunciarle, huelga decir que yo es como si no estuviera, que lo íbamos a linchar, así tal cual.

No sé si aquello fue como un reguero de pólvora, lo cierto es que allí comenzó a aparecer gente de calles aledañas a mi barrio, porque P.V. era bien conocido en los alrededores; tal que nos juntamos yo diría que unos treinta chavales, y de buenas a primeras comenzó una persecución, debería calificarla de espectacular porque jamás me vi en otra igual, en la que nuestra horda atravesó Linares no menos de cinco kilómetros por su periferia.

Como es evidente la persecución no iba a ser eterna y hubo un momento en que P.V. que no era precisamente un tipo ágil, era más bien fondón, pues yo creo que se cansó o vio que no tenía sentido correr para no llegar a ningún sitio porque ya estaba en el campo, en un erial grandísimo sin posibilidad de esconderse ni de escapatoria y nosotros a unos 500 metros viéndolo perdido y restregándonos las manos.

Pobre P.V., por primera vez en la historia, el malo malote de la calle estaba contras las cuerdas, y no dudo que a mí aquello me producía cierta satisfacción, se estaba ejecutando esa especie de justicia rápida que por fin iba a resarcirnos de tantas gamberradas que habíamos sufrido del ínclito.

No sé si levantó la bandera blanca o P.V. reclamó a voces en esa situación límite que, puestos a «morir», por lo menos pensaría que podía hacerlo con cierta dignidad, solicitando un poco de clemencia (la que no tuvo con nosotros durante muchos años) y que se enfrentaran con él en el combate final solo unos pocos, un mal menor, o un riesgo calculado. En un sumarísimo juicio tomamos la determinación de que se encargaran de liquidarlo cinco de nosotros, y sí, yo no fui uno de los elegidos, aunque estoy seguro de que tampoco me postulé, porque yo seguía en modo invisibilidad como si tuviera la capa mágica de Harry Potter por encima.

Lamentablemente para mi morbosa curiosidad nuestros matones se apartaron tanto de nuestra visión que no pudimos ver cómo se sustanció la pugna. Transcurrirían quince o veinte minutos y los sicarios volvieron bastante inmaculados ciertamente y contando como le habían dado para el pelo a P.V., a mí me sonó que demasiado ruido para tan pocas nueces.

No recuerdo muy bien cómo fue la vuelta a la calle, pero como niños que éramos, aunque P.V. era probablemente dos años mayor que el resto, el berrinche se nos pasó rápido y con los ánimos más calmados y la turbamulta disgregada, ya era de noche y estábamos comentando la jugada, y P.V. se acercó y pidió parlamento. Recuerdo perfectamente que J.G. fue el intermediario o negociador (era uno de los chuletas del barrio, y que luego se convirtió en un sensible licenciado en Bellas Artes, todo un inspirador contrasentido), a mí me pareció un traidor, porque después de haber llevado a cabo una persecución de película el intentar hacer las paces a las pocas horas era de ser poco machos, mi posición de pensamiento era muy libre porque al fin y al cabo yo siempre llamaba poco la atención. J.G. volvió y nos comentó que P.V. pedía clemencia, que no lo volvería a hacer, lo que fuera, y que iba a ser un hombre nuevo.

No sé si P.V. se convirtió en un hombre nuevo pero es muy probable que ya cercanos a nuestra adolescencia tuvimos menos oportunidades de alimentar la calle. Tal vez fue la penúltima oportunidad de estar de andanzas con P.V.

Y fue la penúltima porque la última la recuerdo bien, en una Feria de San Agustín de Linares. Comoquiera que aquel linchamiento fue olvidado con prontitud, porque también hay que preguntarse si verdaderamente lo hubo o nuestras avanzadillas se inventaron lo que le hicieron a P.V. en esos veinte minutos donde se decidió el futuro de la calle, lo cierto es que P.V. que hoy no sería un amigo en mi vida actual en ningún caso, seguía siendo un miembro de la pandilla, más o menos querido. En aquella Feria yo tendría en torno a catorce años y se decidió, yo no por las razones antes expuestas, que en una operación a gran escala, seguramente inspirada por P.V., íbamos a hurtar unos pines o insignias (que en los años 80 estaban muy de moda) en un puesto de moros. La tan sofisticada estrategia pretendía desviar la atención del vendedor y que yo, sí yo, ejecutara el hurto. No sé cómo me la metieron doblada si yo no existía, pero después de dar vueltas, muchas vueltas, elegimos la víctima, y yo nulamente avezado en el arte de la sisa, imagino que actué como elefante en una cacharrería, y el moro que estaba ya de vuelta de pícaros callejeros me cogió la matrícula rápido y me pilló antes de que dijera esta boca es mía. Imagino que pasé un bochorno instantáneo, pero provocó en mí un sentimiento definitivo y presente de que jamás me vería en otra igual.

Y este era P.V., el inspirador de esta sensacional y disparatada pero también cotidiana historia, por aquella época tenía más sentimiento de odio hacia él que otra cosa, aunque paradójicamente compartiéramos andanzas, equipo de fútbol o trapacerías en un puesto de feria, y deseaba que la vida le fuera mal en comparación con la mía que yo esperaba que fuera bien y que el karma pusiera a cada uno en su sitio.

Hoy tengo un sentimiento indiferente incluso de cierta pena, y sé que P.V. ha sido un hombre normal tirando a vulgar con más penas que glorias, y enterrada tantas batallas de la infancia, uno casi tiene olvidado todo. También es verdad que mi época era más recia que la actual, hoy no deseo ni por un instante que mi hijo tenga el más mínimo problema en su vida, pero yo me peleaba, traía chichones y heridas por doquier, hacía serias travesuras y, sin embargo, me tengo por una persona bastante tranquila y pacífica.

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