sábado, 30 de abril de 2016

LA ESPAÑA DE LAS ESTAFAS

Que en este país no aprendemos o quizás en este mundo, es una realidad palpable; cuando esta semana me acerqué a una agencia de viajes para apalabrar un modesto caprichillo en honor a mi hijo que recientemente hizo la Primera Comunión, el vendedor, genial en su negocio, con verborrea y simpatía a raudales, para tratar de convencerte de que una estancia en un hotel de la costa valía x, sacó el recurso de que gracias a él y a sus sólidos contactos te lo había dejado en x-1, una ganga, cuando en honor a la verdad podría haberte dado ese precio desde el principio sin tantas alharacas.

Lo curioso es que el vendedor, más allá de su pericia embaucadora, me subrayó que a tenor de sus ventas en los primeros meses de este año se estaba viendo una alegría económica que no recordaba, yo deduje que ya nos estábamos acercando a un estadio anterior al inicio de la crisis económica, lo cual es ciertamente aventurado, puesto que no es así y porque aparte, vivo en una localidad especialmente azotada por la crisis y muy dependiente del sector de la construcción e hija de la burbuja inmobiliaria por su estructura productiva.

Entiendo que haya gente que se pueda permitir hacer un viaje, algo muy loable, si tiene dinero para hacerlo, pero me pregunto cuánta de esa gente que se va una semana a la playa en verano está haciéndolo porque puede o porque es un postureo social por encima de sus posibilidades económicas.

Con ocasión de la Primera Comunión de mi hijo, parafernalia social donde las haya para muchos españoles (y a la que dedicaré una entradilla dentro de poco), descubres que muchas personas que no son practicantes acceden a esta convención social, y aunque no tengan dinero y lleven mucho tiempo desempleados son capaces de ponerse a la misma altura que aquellos que se lo pueden permitir, no escatiman en gastos: trajes, regalos, restaurante, tal vez viaje con el niño o la niña..., aunque ello suponga tirarse un tiempo infame, permítaseme la expresión, a pan y agua.

Y es que no aprendemos, cuando estábamos en los peores meses de la crisis y percibías que ya había afectado incluso a familias que jamás lo hubieras imaginado por su estatus, cuando a los servicios sociales comunitarios accedían personas que otrora hacían signos evidentes de ostentación; surgieron sesudas y cualificadas voces que señalaban que esta crisis iba a marcar el futuro del mundo contemporáneo, que las burbujas y los mundos de fantasía aparente que nos habíamos marcado jamás volverían a acaecer, que habíamos captado la esencia, habíamos aprendido la lección por los siglos de los siglos.

Es tan evidente que España es un país en el que olvidamos tan pronto nuestra historia que los asesinos de diverso pelaje, en cuanto pasan unos años tienen su minuto de gloria en algún medio de comunicación y no precisamente son entrevistados por amor al arte, sino que reciben fuertes sumas de dinero para narrar sus espeluznantes impresiones o para envolver una petición de perdón o un arrepentimiento que pasado tanto tiempo es fuego de artificio más que otra cosa.

Pero eso, no aprendemos, desde que yo era bien chico y vi la película «Los tramposos» de Pedro Lazaga (1959), aprendí de la mano de Tony Leblanc cómo se maquinaban los timos del «tocomocho» y «la estampita», pero por más que esta película reside en el imaginario colectivo español y que la mayor parte de la gente sabe de qué va el engaño, no es menos cierto que de vez en vez surge la noticia de que en tal o cual pueblo o ciudad a alguien se la han metido doblada.

Pero no sólo eso, los trileros siguen existiendo y continúan aprovechándose del personal, que o bien es tonto, o bien está tan apurado económicamente que ve una oportunidad donde con serenidad no se vería más que engaño.

Del mismo modo, las autoridades, empresas solventes y medios de comunicación nos advierten, entre otras fuentes, que existen otros amigos de la trampa, que buscan entrar en tu domicilio, un poco a saco, para hacerte sobre la marcha una revisión del gas. Se acreditan levemente, te meten el miedo en el cuerpo con cierta palabrería y te sacuden sobre la marcha un albarán para que les sueltes sesenta euros por todo el morro.

Como son muy listos y siempre se dice que los malos siempre van por delante de los buenos, sus estrategias cada vez son más sutiles, tan sutiles que te embolan de tal manera que cuando quieres acordar ya has pasado la raya que no deberías haber pasado. Ocurre cuando te llaman (te asedian) para venderte cualquier cosa aprovechando que tienen tus datos: una compañía de teléfonos, las eléctricas y hasta el Círculo de lectores, dedicadas todas ellas a venderte productos que no son suyos (seguros de todo tipo, cámaras de vídeo o hasta un crucero); las cuales te anuncian telefónicamente que la llamada va a ser grabada para la tranquilidad del usuario, cuando es todo lo contrario, te graban por si cometes el error de decir sí, y ya estás perdido porque el contrato verbal se perfecciona, y luego para revocar eso tienes que pasar por decenas de filtros, y por supuesto, tu voz que vale para firmar ahora no vale para echarte atrás con lo que tienes que pelearte con media empresa y al final hacer un escrito mandado por correo certificado con acuse de recibo.

Son tan listos los malvados que uno ya no se fía de nadie, ahora tenemos la moda de que te visitan de vez en cuando en casa los vendedores de electricidad, cada uno te ofrece su servicio y te asegura que es el mejor del mercado. El otro día sin comerlo ni beberlo estaba enseñándole mi factura a un individuo que no conocía de nada, cuando conseguí largarlo porque no me quiero cambiar (permítaseme la bordería, yo sé que las eléctricas nos dan por culo, pero prefiero que a mí me lo dé la que siempre he tenido), me di cuenta de que había accedido a algunos datos relevantes, tales como mi nombre y apellidos y mi D.N.I.

¿Y las estafas piramidales? Medio legales medio perseguidas, hay que considerar que Fórum Filatélico estuvo funcionando en nuestro país durante varios años sin que las autoridades hicieran nada, cuando la bola engordó en demasía fue cuando se reaccionó, y rota la cadena todo el mundo que había invertido cayó.

De algún modo la economía de mercado tiene algunos elementos del sistema de ventas piramidal, pero todo está controlado, porque hay un consumidor final que paga y que no recibe contraprestación económica alguna más que la adquisición del producto y la satisfacción personal que le produce, toda la cadena de fabricantes, productores e intermediarios, va ganando dinero con ese tráfico. La estafa piramidal la conozco desde niño, entonces aparecían en mi buzón cartas anónimas prometiéndome todo tipo de beneficios y milagros si mandaba una postal al primero de una lista y si fotocopiaba diez veces la carta y se la dejaba en el buzón anónimamente a diez personas, con el tiempo, mi nombre inserto ya en la nueva lista yo también recibiría una postal; y ojo con romper la cadena porque una fuerza también anónima te anunciaba todo tipo de males.

El negocio piramidal, que no está prohibido en todos los países, se estructura en una amplia base social que va alimentando al origen y a los más antiguos, si tú eres de los últimos en llegar, estarás en el último eslabón de la cadena y tendrás que generar nuevos eslabones que a su vez hagan lo mismo. A priori el esquema no muere mientras no hay una generalidad de personas que solicitan el finiquito o las retribuciones previstas, algo que los golfos creen estadísticamente improbable, o cuando la red fuera tan amplia que llegara al total, a todo el mundo, y esa globalidad lógicamente no tuviera un mercado potencial.

En la práctica, las estructuras piramidales se rompen porque empiezan a tener incumplimientos en las retribuciones asignadas, porque hay menos líquido que lo solicitado por sus socios. También puede ocurrir que la estructura muera por la atonía de sus rectores, cuando alguien se torna inmensamente rico no toma el más mínimo cuidado de que el negocio perdure, sabe que tiene fecha de caducidad, y hay que dejarlo morir antes de que se destape todo. De ahí que los que idean estos negocios se cuidan de hacerse un patrimonio en paraísos fiscales a través de sociedades fantasma y desaparecen antes de que el pastel se destape.

Incluso están saliendo otros negocios denominados multinivel que tampoco gozan del absoluto beneplácito de los economistas, aunque no es tan acusada la progresión en escala, sí basa la estructura en la multiplicación de sus socios. No obstante, uno de los organismos mundiales más solventes en materia de comercio, la Federal Trade Comission de los Estados Unidos que actúa con independencia del gobierno de este país y vela muy fundamentalmente en favor de los derechos de los consumidores, señala al respecto que «Es mejor no involucrarse en planes donde el dinero que ganas está basado principalmente en el número de distribuidores que reclutas y sus ventas, en lugar de en tus ventas a personas fuera del plan que deseen usar los productos».

Bueno, pues ni por esas, ni por mucho que se hable de esto, ni por la gente que ha sido estafada en alguna de estas tramas, siempre seguirán saliendo listillos o salvadores que esperan a que tengas un desliz o a que tengas una posición económica crítica para engañarte y quedarse con tu honrado dinero.

Y a todo esto, ¿no es un auténtico timo que hayamos ido a votar hace unos meses y que nuestros políticos nos obliguen a ir a las urnas otra vez porque no saben ponerse de acuerdo? Pues eso, España.

domingo, 24 de abril de 2016

LA REINVENCIÓN DEL VOLEIBOL, UN HOMENAJE AL DEPORTISTA DESCONOCIDO

Estamos en un país donde el deporte se resume de la siguiente manera: El fútbol y después todo lo demás. El dinero que se mueve, la atención de los medios de comunicación, la afición que arrastra y sus practicantes, deja un triste escenario: calculo yo que el fútbol es un 95 % de todo lo anterior y un triste 5 % el resto.

Por cierto que en vísperas de unos Juegos Olímpicos, muchos de los llamados aficionados al deporte en España, probablemente también en otros países, presenciarán algún deporte que no han visto ni seguido en estos cuatro años y se erigirán en voces cualificadas y críticas para recriminar el que algún deportista patrio no supere ni la fase previa, ¿sabrán lo que es el esfuerzo anónimo?

Amén de los que se han quedado en el camino, buena parte de esos deportistas españoles olímpicos no son profesionales, son gente joven que sacrifican sus años mozos, su familia, su bienestar, incluso su salud, para dedicarse en cuerpo y alma a un deporte; se nutren de una beca que les permite vivir con cierta holgura (mientras la tienes), pero está basada en el rendimiento deportivo y, por supuesto, no garantiza el futuro, es decir, que el día que caes o el día que te retiras si no te has buscado una alternativa, un oficio o unos estudios que te permitan reintegrarte a la sociedad, eres un juguete roto, y tenemos tristes ejemplos de deportistas españoles que han terminado suicidándose.

Este preámbulo viene a cuento porque otro gallo cantaría si en la balanza del deporte, del platillo del seguimiento y la inversión en el fútbol se pudiera trasvasar algo al resto de los deportes. Y los ejemplos son fáciles al respecto, ¿cuántos clubes de cualquier deporte se podrían mantener con lo que cobran Messi o C. Ronaldo en un solo mes?

Por otro lado, en esta deprimente balanza la opinión pública retroalimentada con los medios de comunicación no entiende de rendimientos, «tanto vales tanto ganas», aquí el sueldo se mide por lo mediático que es el deporte, por lo mediático que tú eres y evidentemente porque eres el mejor entre iguales. Pero si la valía realmente se midiera por el esfuerzo, la dedicación, el sufrimiento y otros valores análogos, a buen seguro que ni Messi ni Ronaldo serían los más ricos, habría muchísimos deportistas (desconocidos) que merecerían el máximo reconocimiento y desde luego un sueldo acorde a su entrega.

Siendo lo dicho en el párrafo anterior una utopía, la realidad nos destapa, de vez en cuando, historias alucinantes que no por repetidas dejan de asombrarnos. Hace unos días leí que uno de los jugadores españoles de voleibol más conocido de las últimas décadas, Alexis Valido, había superado un cáncer y con cuarenta años seguía jugando en la máxima competición de nuestro país, y compaginaba este deporte con un trabajo en una gasolinera. Un tipo que tiene más de trescientas internacionalidades y que ha sido el prototipo del «líbero» moderno en España, en el ocaso de su carrera y aun con sus dificultades físicas no habrá podido hacer un patrimonio suficiente porque el voleibol no vende y sus merecimientos se quedan para él y los suyos, cuando a buen seguro tiene más valía su esfuerzo que el que desarrollan las grandes estrellas mediáticas del fútbol. Y dicho esto, de este currante anónimo la mayoría de los que leen esto jamás habrán oído hablar de él.

No quería dedicar esta entradilla expresamente a Alexis Valido, sino más bien al voleibol en general, pero la alusión a este jugador canario me llevó a volver a tratar de este deporte (ya lo hice unos meses atrás con ocasión de la extinta sección de voleibol del Real Madrid), ya que como he señalado, la figura del líbero es relativamente reciente en este deporte y tiene mucho que ver con el cambio de configuración que este deporte sufrió al final del siglo XX.

Tengo la sensación de que el voleibol en España, que tuvo una época dorada entre finales de los 90 y 2007 (nuestra selección ganó contra todo pronóstico el Campeonato de Europa de Rusia batiendo en la final a la anfitriona), no goza de mucha atención de los medios de comunicación y de las televisiones porque hemos sufrido un bajón de nivel. Todo esto también se retroalimenta, como no hay éxitos deportivos no hay seguimiento público y no te retransmito. Hoy por hoy, vemos bádminton en la tele porque Carolina Marín es Campeona del mundo, esto es obvio, cuando ella competía en torneos africanos, que lo hizo, para subir de nivel no la conocía ni Dios.

También tengo la sensación de que el voleibol a nivel global sufre un poco de complejo de inferioridad con respecto a otros deportes de equipo y sucumbe, por ejemplo, en Europa, aparte del fútbol ante otras disciplinas que alimentan mejor al gran público, como pueden ser baloncesto, balonmano o rugby.

El voleibol está en una constante reinvención, no sólo de reglas sino de formatos competitivos. La Liga Mundial o la Liga Europea pretender ser focos de atención mediáticos que intentan acercarse a otros eventos deportivos que arrastran a mucho público. No obstante, hay que decir que dichas competiciones no terminan de ser el motor ideal para que el voleibol sea más relevante a nivel mundial, pues se percibe que acoge poco más que el interés de los países participantes o del lugar donde se celebra la fase final.

Curiosamente yo que me siento muy vinculado al deporte, he decir que la primera formación académica que tuve de cualquier disciplina fue de este, hace treinta años hice un curso de monitor escolar en la Federación granadina del que nunca obtuve diploma, aunque hace un par de años les mandé un correo electrónico que nunca respondieron. El caso es que aquel curso me ayudó mucho a entender este deporte.

Si hay un hándicap que condiciona los espectáculos deportivos televisivos es el tiempo. O eres un deporte muy grande donde se mueve mucho dinero, por ejemplo, el tenis, donde no importa asistir a una partido de Nadal contra Djokovic durante cinco horas porque la audiencia no decae, es más va sumando televidentes a medida que se acerca el desenlace, o decididamente tienes que tener una hora de inicio y una hora prevista de conclusión.

Con este problema del tiempo partía el voleibol hasta finales del siglo XX, pues sólo ganaba punto el equipo que sacaba. Partiendo de que en este deporte el equipo que defiende saque tiene estadísticamente más probabilidad de obtener punto, los cambios de saque sin fruto en el marcador hacía que los partidos se eternizaran y podían durar perfectamente más de tres horas.

La Federación Internacional de este deporte no era ajena a esta problemática y con ocasión del Mundial masculino de Japón en 1998 modificó el sistema de puntuación, naciendo la fase de punto total, o sea, cada jugada vale un punto con independencia del saque, saque que por otra parte tiene que realizar el equipo que ha ganado el último punto.

La puntuación también cambió, al haber más agilidad en anotar los sets que antes terminaban en los 15 tantos (con una diferencia de 2 con el rival) pasó a los 25, salvo el quinto set, en el caso de que se llegara, que acaba en 15, igualmente siempre con una diferencia de 2 con el rival.

Alexis Valido, un currante del voleibol
Por otro lado, también se creó la figura del líbero, demarcación del citado Alexis Valido, con la idea de ganar en espectáculo, plasticidad y favorecer el montaje de jugadas de ataque, nació esta figura que es un jugador especialista en defensa, siempre juega en la parte de atrás, no puede rematar y, para diferenciarlo del resto lleva una camiseta de otro color diferente al resto, es como si fuera técnicamente un portero, por hacer un símil aproximado.

Aparte de este cambio reglamentario la verdadera revolución ya había llegado en la década de los años 80 cuando el saque en salto potente comenzó a generalizarse entre casi todos los jugadores, primero masculinos y un poquito más tarde en la categoría femenina. Lo que en los años 60 y 70 era una rareza, un recurso practicado eventualmente por un puñado de jugadores, una suerte de ruleta rusa por su baja efectividad, comenzó a ser todo un componente del entrenamiento y de la práctica de este deporte, hasta el punto de que hoy día el saque en salto potente es lo común y otros tipos de saques, el saque en salto sin potencia, el saque flotante o el saque en apoyo son ahora las rarezas y los recursos de algunos jugadores para cambiar estrategias o dinámicas en los partidos. La generalización del saque potente también obligó a cambiar una regla, como era la del bloqueo del saque, antes se podía y yo creo que sobre los años 80 se modificó.

La figura del líbero ha ido cobrando mayor protagonismo con el paso del tiempo, precisamente por la incidencia de los saques potentes. La efectividad es tal que se ha pasado de hacer ese saque como una genialidad y, por tanto, muy sujeto a riesgo, a un elemento más del juego; por tanto, no sólo ese especialista defensivo como es el líbero se encarga de contrarrestar ese saque, sino que todos los jugadores están entrenados para combatirlo.

Por otro lado, la vuelta de tuerca para los sacadores ya no es tanto el lanzar fuerte para ver lo que sale sino que ya son capaces de colocar el balón en el campo contrario justo en la zona que desean, generalmente en las áreas críticas o de interferencia entre dos jugadores.

Para los que no conozcan mucho este deporte hay una característica muy interesante y es la rotación, cuando un equipo recupera el saque todos sus jugadores tienen que rotar en el sentido de las agujas del reloj, esto implica que todos los jugadores juegan en todas las posiciones delanteras y zagueras, y también provoca que haya numerosos cambios en los partidos, de hecho, el líbero rota pero cuando le correspondería llegar a la delantera es cambiado para no perder capacidad atacante; y del mismo modo, cuando los jugadores atacantes más altos se colocan de zagueros, también se les suele cambiar porque se supone que no tienen un perfil específicamente defensivo.

En fin, un deporte bello como pocos, muy plástico, espectacular en cada jugada, y con el aliciente de que es de los más caballerosos que existen, pues hay que tener en cuenta que los jugadores de ambos bandos no se tocan (no pueden simular lesiones), y las protestas arbitrales se limitan a reclamar si una pelota ha entrado o no.

Por cierto, asistiremos en estos Juegos Olímpicos a un punto de inflexión en cuanto a la asistencia y seguimiento in situ, toda vez que en Brasil si el fútbol es una religión el voleibol tanto masculino como femenino no le va a la zaga, de hecho, sus dos selecciones patrias, que han obtenido medallas de todos los metales en pasados eventos olímpicos, son claras favoritas por el hecho de jugar en casa, lo que le va a proporcionar un plus de emoción a esta competencia que yo intentaré presenciar por Internet, porque en la tele echarán muy poco.

Y si lo que se quiere es ver voleibol con muchas alternativas mejor ver voley femenino que masculino. Cuando ves un deporte de equipo las diferencias entre hombres y mujeres son tantas que parecen deportes diferentes, en el voleibol ocurre esto y mucho; si en los hombres apenas hay dos o tres intecambios (rallys en el argot), en mujeres puede haber cinco o seis intercambios, es casi más espectacular, más plástico.

sábado, 16 de abril de 2016

"LA PLAZA DEL DIAMANTE" O UNA INOLVIDABLE COLOMETA

Serie clásica entre las clásicas de TVE en los años 80 del pasado siglo, puedo decir que fue una producción que siempre se me quedó grabada en mi memoria, esa Colometa (voz catalana que significa palomita en castellano), y aquel «vuela Colometa, vuela», son una especie de mantras que de vez en cuando me asaltan y me recuerdan con simpatía aquella serie que fue prototipo de su clase en cuanto a temática contemporánea, argumento serio, buena ambientación y mucha sensibilidad.

Quizá con los años, como me ocurre con otras producciones, el halo de que gozaban para mí, decae un poco, se aprecian detalles, algunos errores y básicamente la constatación de un presupuesto limitado que, comparado con lo que se gasta hoy, deja un cierto poso que baja la nota de mi consideración, aunque más que nada se trataría de una valoración técnica.

Por poner en antecedentes, «La plaza del Diamante» narra una historia que se inicia en los años previos a la Guerra Civil, en la que dos jóvenes, Natalia y Quimet (a la postre la Colometa) se enamoran en un baile que se celebra en dicha plaza, perteneciente al popular barrio de Gracia de Barcelona. Ambos se podría entender que forman parte de familias obreras y humildes, con sus idas y venidas terminarán por casarse y formar una familia de dos hijos, un niño y una niña. Llegará la Guerra Civil y Quimet combatirá en el bando republicano pereciendo en la contienda. Comenzará una nueva vida para Natalia que nunca podrá olvidar a su amado.

La serie dirigida por el director catalán Francesc Betriu está basada en la novela del mismo nombre, escrita por la autora catalana Mercè Rodoreda y que la escribió en el exilio, en Ginebra, allá por 1960; y curiosamente y esto lo he conocido ahora, habiendo visto la serie en mi casa en cuatro ratos, resulta que aunque inicialmente se configuró como serie de cuatro capítulos de unos cincuenta minutos de duración, antes de su emisión televisiva se llevó a la gran pantalla, reduciendo su metraje y dejándola en ciento dieciséis minutos, algo más de la mitad de su contenido original.

De hecho, la película fue proyectada en las salas de cine de nuestro país, me temo que no con demasiado éxito, en 1982, y fue en enero de 1984 cuando vino a la pequeña pantalla. Previamente en diciembre de 1983 había pasado por el circuito catalán de TVE. Creo, casi con toda seguridad, que la obra está originalmente hecha en castellano y que si se proyectó en dicho circuito, los propios actores la debieron doblar al catalán. En todo caso, varios personajes tienen un acusado acento catalán que es lógico por otra parte.

Si aventuro que en los cines «La plaza del Diamante» pasó sin pena ni gloria, en la televisión, que como siempre digo en este punto era entonces la única y partía de esa ventaja del éxito garantizado, sí que gozó de una gran aceptación, incluso para un joven como yo, que por entonces tenía quince años y ya empezaba a tener ciertas inquietudes. De hecho, tal vez ese primer acercamiento a las vivencias de la gente llana en la Guerra Civil, me ayudó a empezar a entender el mundo que me rodeaba, a comprender la importancia de la democracia y cómo aquel acontecimiento bélico tampoco estaba tan lejano y aún quedaban muchos españoles que no solo eran testigos directos de lo que ocurrió, sino que además instaurada la democracia algunos otros pudieron volver a su país tras el exilio.

No obstante, pese a que Mercè Rodoreda fue una escritora en el exilio y no porque estuviera especialmente vinculada con el bando republicano, sino por colaboraciones periodísticas en publicaciones afines a ese sector, lo cierto es que la serie es más una historia de amor que una historia de reivindicación política. No sé si en la novela dará esa sensación, pero la serie no omite hechos esenciales del conflicto bélico, pero no hurga en la herida; tampoco apunta a buenos o malos, algo que es muy de agradecer por parte de la autora y de los guionistas que hicieron la adaptación, simplemente se limita a plasmar una realidad que pudo suceder en muchos lugares de España, es decir, un amor roto por la guerra, las necesidades de una familia amputada y los modos de salir adelante.

Como no he leído la novela no sé realmente si la adaptación es óptima y se ha mostrado de la forma más fiel posible el espíritu con el que quiso inspirar su obra la autora. Es lógico que un libro de 250 páginas transportado a unos 200 minutos de emisión deje muchos detalles fuera, pero me da la impresión de que hay algunos pasajes que no terminan de hilar bien, hay unos saltos temporales que parecen dejar cojas algunas líneas argumentales.

Ante todo es una novela intimista, eso parece que está fuera de toda duda, escrita en primera persona, ello se refleja en la serie, en la que las reflexiones y pensamientos de la Colometa jalonan todo el relato, a veces hacen que la serie tenga un desarrollo lento, como si no fuera a ocurrir nada relevante, y realmente no tiene una trama que pueda depararnos grandes sorpresas, es un relato costumbrista que radiografía en especial el ambiente de postguerra. A todo esto hay que decir que con Quimet muerto, Natalia se ve desesperada, incluso llega a pensar en el sacrificio de sus hijos y de ella misma, pero surgirá Antoni, un tendero, mutilado en la Guerra (sin posibilidad de ser padre) y que buscará una relación de intereses, en la que la familia, la compañía y la estabilidad económica juegan como monedas de cambio, y que a la postre se convertirá en una amplia amistad que yo diría que termina siendo amor; experiencia esta que a buen seguro que le tocó vivir a muchas personas, la de los apaños familiares para evitar la soledad, porque la familia es fuerte como núcleo aunque sus piezas sean débiles en sí mismas.

Por lo que respecta al elenco, ahí sí hay que decir que reside buena parte de la fuerza de la serie, como intimista que era la obra y vivida desde el plano femenino por su estructura, había que buscar a una actriz que encarnara los valores de sensibilidad, ternura y cierta debilidad física, y se eligió a una intérprete que quedó grabada para siempre en el imaginario de muchos españoles como la Colometa sin más, se trataba de Silvia Munt, una chica de belleza serena, que si bien tiene una dilatada trayectoria en cine y teatro, este papel realmente la encumbró, la dio a conocer para siempre, y después no la he visto yo en un papel tan estelar y relevante como este. En todo caso, Silvia Munt está brillante en esta interpretación, transmite con sus gestos, en esos muchos primeros planos que hay en la película, las angustias y las alegrías del personaje; buena parte del éxito de la serie habría que arrogárselo a aquella joven actriz en ese momento.

En el papel de Quimet está Lluis Homar, un actor mucho más conocido y bastante presente en la pequeña pantalla en la actualidad, que observando su trayectoria actual, un actor veterano, de muchas tablas y de los que llena la pantalla con su sola presencia, hay que decir que en esta interpretación deja un sabor agridulce, tal vez el personaje que encarna no le permitió más alardes, un personaje lleno de contrasentidos, sensible a la par que celoso; el caso es que no me termina de convencer como Quimet.

En definitiva, una serie guardada a buen recaudo en la memoria de muchos españoles, con un imponente contenido poético, que la hacen ser una joyita televisiva, muy sencilla, fácil de ver y, a pesar del ritmo lento en ocasiones, sus cuatro capítulos se dejan ver con bastante alegría, antes incluso de que sospeches cuál será el devenir de sus personajes.

sábado, 9 de abril de 2016

YA NO ME GUSTAN LOS TOROS

Yo sé que lo que voy a contar puede que no le guste a todo el mundo, pero como suelo mojarme con casi todo, también me voy a mojar aquí: los toros. Como cada uno tiene su opinión, muy respetable y particular, yo también ofreceré la mía.

He de decir que no he sido jamás un apasionado de los festejos taurinos, he visto corridas en la tele, cuando eran muy habituales, aunque difícilmente llegaba a ver el último toro; y también he asistido a festejos taurinos, yo diría que he ido de joven a los toros unas tres veces y también de niño al bombero torero cuando era una tendencia en los años 70 y 80 del pasado siglo.

Por tanto, no puedo decir que me haya sentido en alguna ocasión un aficionado a los toros, aunque como movimiento social (lo de artístico y cultural lo vamos a poner en solfa) que se alimentaba en la televisión, en la radio, en las tertulias, en la vida diaria, pues he estado más o menos al tanto, de los derroteros de los toreros más relevantes del escalafón, las ferias taurinas de mayor prestigio, los lances taurinos más comunes y las normas básicas de organización y funcionamiento de una plaza de toros.

El haber adquirido madurez a mí personalmente me ha provocado que haya perdido paulatino interés en este mundillo para centrarlo en otras parcelas, hasta el punto de que hoy no le encuentro aliciente alguno, me aburriría y ya en estos últimos años yo diría que me repele.

Mi desinterés progresivo era palpable hace ya un par de décadas y se alimentó aún más cuando comencé a tener animales domésticos en casa. Cuando uno tiene un contacto diario con animales, aunque sean perros y gatos como era mi caso, hace que la concepción que uno tiene del trato a estos seres se altere, al menos a mí sí que me produjo un cambio de criterio notable.

Realmente ya no me siento bien observando como a un animal, sea más o menos salvaje, se le inflige un sufrimiento gratuito hasta llevarlo a la muerte, y no sólo no me siento bien sino que mi raciocinio no me hace entender por qué el ser humano hace esto.

Yo respeto a la gente que le gusta los toros, respeto la parafernalia intrínseca a esta fiesta, y reconozco que la industria taurina es un recurso económico en España del que se favorecen muchas
familias, pero que con el tiempo irá limitando su popularidad.

Esa popularidad ya se está limitando y lo que voy a expresar ahora son impresiones personales, en primer lugar, por la presión social, estamos hablando de un maltrato animal y eso no lo puede desmontar ni el mayor de los taurinos; y eso que todavía no han llegado normas europeas más severas que irán arrinconando a esta fiesta nacional, que ya ni es tan fiesta ni de toda España. Por otro lado, esa mayor concienciación ciudadana no favorece el desarrollo y la proyección de los festejos, de hecho, los eventos taurinos pierden seguidores año tras año. Finalmente a todo esto hemos de sumar que ya ni tan siquiera es una moda, el desinterés de los jóvenes es manifiesto, las escuelas taurinas son reductos del pasado y el potencial público de dentro de medio siglo no tiene la más mínima intención, en su mayoría, de aplaudir los lances de los toreros del futuro en las plazas de toros, plazas de toros que dicho sea de paso, ocupan un valiosísimo terreno en el centro de muchas grandes ciudades con una rentabilidad social y económica nula, o sea, estorban y salvo unas pocas, no tienen ningún valor arquitectónico. Y tómese todo esto en cuenta como una opinión, como una sensación más que como una sentencia taxativa.

Igual que digo esto, también tengo que decir que no soy un acérrimo opositor, es decir, no tengo intención de ir a las puertas de una plaza de toros a pregonar mis reivindicaciones, lo hago de manera pacífica, y espero y deseo que la modernidad de la que intentamos hacer gala en el mundo occidental, termine por rechazar unánimemente las corridas de toros.

Por cierto que asumo con algunas reservas, pero asumo al fin y al cabo, que en las corridas de toros hay un torero profesional que trata de reducir el sufrimiento implícito en el acto de entrar a matar, de tal manera que sea una estocada certera que produzca la muerte instantánea, aunque lamentablemente siga habiendo por ahí los currorromero de turno que convierten lo poco estético o artístico que pudiera ser la lidia en una auténtica carnicería. Ahora bien, lo que sí que tenía que estar prohibido sin más dilación es todos esos espectáculos donde se maltrata a los animales entre hordas de bestias sin profesionalidad alguna y por el mero gusto no sólo de terminar matando al toro, en un incomprensible gesto de superioridad humana, sino de proporcionarle un inevitable sufrimiento prolongado, y con esto me refiero al Toro de la Vega, o a todos esos festejos típicos de la costa levantina con toros ensogados, de fuego o similares representaciones de escarnio hacia un animal absolutamente indefenso.

Tampoco me vale, en estas reflexiones que hago según se me van ocurriendo, que los puristas defiendan el mantenimiento de la fiesta como modo de preservación de la raza del toro de lidia, porque la utilidad como alimento de los toros, entiendo que garantizaría sus rasgos genuinos, dicho esto con las reservas de un indocumentado en la materia, como soy yo.

Como tampoco es de recibo señalar que es una lucha de igual a igual; el toro en la mayoría de las ocasiones tiene las de perder; el torero sabe lo que va a hacer y lo que quiere, que es matar a un toro; el toro sale a una plaza descentrado (gente gritando, la música, un caballo con uno encima que le pica, otro vestido de forma extraña que le enseña una manta de colores...) y trata de defenderse tal y como le dicta su instinto, no sabe lo que es matar.

Por cierto, que comparto que en Cataluña no haya corridas de toros, al igual que no me cabe en mi cabeza que los niños puedan ir a las plazas para asistir a este denigrante espectáculo, donde se ve sangre, se ve a un animal sufrir y morir a la postre.

Y dicho esto, tristemente este es el mundo en el que vivimos, el hombre es un ser racional que no sólo domina a la naturaleza sino que somete a todos los que no son sus iguales. Desde que en la antigüedad, dicen que por casualidad, se descubriera el fuego y que la carne de animales tenía mejor sabor y proporcionaba mayor sustento que estar comiendo todo el día vegetales, el hombre se sedentarizó. A partir de ahí, domesticó a los animales y se los comió, así de simple, que es lo que la mayoría de los humanos hacemos cada día, comer carne fresca (cocinada) de animales muertos que en su vida eran dóciles seres. No nos comemos a perros y gatos, al menos en Europa, porque parece que es indecente alimentarnos de esos seres que parecen entendernos, pero nos zampamos ovejas, vacas, pollos, cerdos, caballos..., que realmente interactúan con nosotros, comen de nuestra mano.

A medida que avanzo en esta reflexión me doy cuenta de que no me siento bien del todo comiendo carne, incluso pescado, si pudiera, en algún momento de mi vida intentaría probar a ser vegetariano. Leí no hace mucho que todos los animales tienen cierta sensibilidad, incluso los insectos, desde que asumí esto tengo que decir que me da más cosilla eliminar una hormiga, una mosca o un mosquito. Desde luego los liquido cuando estoy en mi casa y me invaden, pero cuando voy al campo, trato de no alterar a esos seres que viven allí y a los que yo invado para un rato de asueto, y no los mato.

Dicho esto de los toros y de los animales domésticos en general, hay bellas iniciativas como Santuario Gaia, altruista proyecto que dirigen en los valles gerundenses una pareja de jóvenes que acogen a todo tipo de animales de granja y que nos dan a conocer la familiaridad y cercanía de estos seres, como un modo de proteger su existencia y de fomentar la cultura vegana, la cual yo respeto como más o menos se puede inferir de todo lo dicho hasta ahora.

Pues nada, que cada día soy más antitaurino, y que si España es una sociedad moderna terminará por prohibir los toros, tal y como están configurados ahora, como una fiesta sangrienta en la que se somete a un animal hasta la muerte.

sábado, 2 de abril de 2016

"EL SECRETO DE VESALIO", DE JORDI LLOBREGAT

Si hace poco más de un mes escribía sobre «Hombres buenos» de Arturo Pérez-Reverte y ya criticaba la manía de los autores consagrados de criar fama y echarse a dormir, a medida que pasan los días y comento mi sensación con amigos, más llego a la conclusión de que aquel libro no me gustó tanto y que lo escribe por ser quien es. De hecho, creo que el libro más osado que he leído en mi vida de un autor icónico fue «Cristo versus Arizona» de Camilo José Cela, una tomadura de pelo que sólo podía venir de las manos de alguien que todo lo que tocaba lo convertía en oro y que se permitía el lujo de hacer inventos narrativos, porque yo lo valgo.

Si el valenciano Jordi Llobregat, autor de «El secreto de Vesalio», un escritor no muy conocido, hubiera tenido el atrevimiento de haber escrito alguna de las dos obras citadas en el párrafo anterior a buen seguro que no lo hubieran leído ni las águilas, ni de hecho habría encontrado una editorial a quien venderle humo; y es que lo que venden algunos autores reconocidos, que ya me voy coscando, es humo de colores.

Y dicho esto, vamos a dar a cada cual lo suyo, «El secreto de Vesalio» es la mejor novela que ha pasado por mis manos en los últimos años, bien escrita, con un argumento sólido y sin erosiones en el recorrido del relato, y con un dinamismo que permite que te atraiga desde el principio hasta el final, sin que decaiga la trama en momento alguno.

A todo ello se une un hilo narrativo con numerosos elementos de misterio y con sorpresas que se van sucediendo a lo largo de la historia, sin desdeñar el hecho de que el relato va creciendo en interés en busca del desenlace que resulta ser brillante y sorpresivo a la vez, muy en la línea de lo que han sido las páginas precedentes; y es que en no pocas ocasiones me he encontrado con narraciones muy bien escritas que flaquean en el final y no saben resolver una trama que hasta ese momento era muy interesante.

El joven Daniel Amat verá alterada una vida tranquila en Inglaterra desde que hace siete años tuvo que llevar a cabo una especie de huida hacia delante tras un incendio en su domicilio familiar de funestas consecuencias. Afincado en Inglaterra donde es profesor universitario, goza de una vida plácida y su futuro personal se proyecta con una chica de buena posición con la que está a punto de formalizar su relación, sin embargo, recibirá un telegrama anunciando el fallecimiento de su padre que le obligará a desempolvar recuerdos.

La vuelta a Barcelona, plagada de dudas y temores por revivir aquella tragedia familiar en la que perecerían su prometida y su hermano, no podrá resultar más convulsa. Su padre ha muerto en extrañas circunstancias y Daniel Amat, casi en contra de su propia voluntad, comenzará a tirar de una madeja enormemente enmarañada, donde se entrelazan los recuerdos del pasado, investigaciones médicas, mujeres horriblemente mutiladas, una Ciudad Condal que se mueve hacia el futuro (finales del siglo XIX) y numerosos misterios que se incrustan en cada una de estos elementos argumentales.

Toda esta trama perfectamente urdida por Jordi Llobregat se sitúa en la Barcelona de 1888, en los días previos a la inauguración de la Exposición Universal, en la que buena parte del mundo occidental tenía puestos sus ojos. De hecho, la organización y esos fastos previos formarán parte de la trama de la historia, en la que acontecimientos y personajes reales se jalonan con otros de ficción, en un bello espectáculo que incluso tiene un interesante matiz de divulgación histórica.

Por cierto, que haciendo un paréntesis en este humilde análisis de la obra, he de manifestar que tengo especial predilección por leer relatos que se desarrollan en Barcelona; Eduardo Mendoza o Ruiz Zafón se me vienen ahora a la memoria, eso y las aventuras que me comentaba un compañero mío de colegio, el cual acudía allí de vez en vez a un oculista y narraba todo tipo de maravillas, me han hecho desear su visita en muchas ocasiones. Es de ese tipo de ciudades por las que he caminado mentalmente muchas veces pero donde jamás he estado, y es uno de los deberes pendientes en mi vida.

A todo esto hay que indicar que el título de «El secreto de Vesalio» hace alusión a la magna obra escrita por el médico belga del siglo XVI Andrés Vesalio, el cual provocó una revolución en el mundo de la medicina con su tratado denominado De humani corporis fabrica, del que se puede decir que supuso un antes y un después en el conocimiento de la anatomía humana.

El tratado, que se compone de siete tomos, con detalladas ilustraciones jamás vistas hasta esa época, se concibe aun en el siglo XIX como un obligado documento de consulta para los estudiosos de la medicina, no obstante, a lo largo del relato se asienta el enigma de la posible existencia de un octavo tomo, una especie de culmen del conocimiento en el que Vesalio desvela un trascendental descubrimiento para la humanidad.

El empeño de Amat se verá alentado por dos inopinados colaboradores, a cual más sui generis. Por un lado, Bernat Freixa, un mediocre periodista con una vida azarosa que sueña con ofrecer a su periódico la gran exclusiva que le eleve al estrellato y, por otro lado, el misterioso Pau Gilbert, un joven y brillante estudiante de Medicina que a una existencia compleja se le une que a cada paso que da le surgen los problemas, porque esconde un sorprendente secreto en su interior.

La novela está perfectamente hilada y no he encontrado ninguna falla argumental, aun partiendo de que se trata de una novela de ficción, algo que para mí siempre es muy importante, porque también encuentro obras en las que uno ejerce de detective o de abogado del diablo y descubre detalles en el argumento que no son sólidos, no se sostienen de ningún modo, y provocan debilidad en el conjunto, en la nota media. Esta obra, reitero, no sólo está muy bien hecha y con buena riqueza en el lenguaje, sino que además la traca final es digna de obtener mis máximas calificaciones, las de este modesto lector, dicho sea de paso.

Para aquellos que tengan la ilusión de enfrentarse a «El secreto de Vesalio», a mí me ha ayudado notablemente para hacerme mis escenarios mentales el haber recordado la estética de la serie de televisión «Víctor Ros», basada en diversas novelas del escritor Jerónimo Tristante, en las que Víctor Ros encarna a un innovador detective de finales del siglo XIX; serie que por cierto tuvo una vida efímera en TVE, por criterios de audiencia y no por razones de su calidad y realización que yo creo que eran fantásticas.

Jordi Llobregat, al igual que Jerónimo Tristante, personifican, entre otros, la nueva literatura española; bien escrita, con hilos argumentales de estructura televisiva o cinematográfica, con mucho dinamismo, con buena literatura y con enormes dosis de entretenimiento asegurado.