domingo, 17 de diciembre de 2017

"UN MONSTRUO VIENE A VERME", EL LIBRO Y LA PELÍCULA, UN INICIÁTICO RECORRIDO NATURAL

Casi cada noche desde que mi hijo vino a mi vida de tierras africanas inicio con él un viaje iniciático hacia el mundo de la imaginación a lomos de cuentos y lecturas varias, que nos atrapan en los instantes previos a su caída en un sueño reparador y profundo. Son preciosos momentos en los que nos evadimos y nos relajamos tras un día que puede haber sido agitado o complicado.

A mí me encanta poder leerle y eso que ya tiene una edad para hacerlo él solito y de paso contribuiría a ganarle la batalla a las dichosas faltas de ortografía, pero probablemente yo me resisto a perder ese pequeño placer cada día laborable, porque quiero sentirme padre de un infante el mayor tiempo posible, aunque él ya apunta a la preadolescencia día a día. Y ello a pesar de que mi hijo me confirmó no hace mucho que, en realidad, no le gusta tanto que le lea y que lo hace por mí, pero estoy convencido de que lo dice para hacerme rabiar, y estoy tan convencido de ello porque no es inhabitual que cuando termino algún capítulo de lo que estamos leyendo, en un momento crucial o crítico de la trama, me pide que no me vaya y que no lo tenga en ascuas hasta la noche siguiente.

Lo cierto es que a medida que avanza el tiempo y su madurez, hemos ido cambiando la temática de las lecturas, comencé con cuentecitos breves, después seguimos con relatos recomendados según edad, y ahora que ya empieza a convertirse en un hombrecito, hemos podido acceder a novelas juveniles e historias de más enjundia, de mayor calado y esfuerzo intelectivo.

Tendría múltiples entradas posibles para este blog con las decenas de libros que hemos leído en el término de este último lustro, y nunca me he inclinado a hacer una reseña de ellos, probablemente porque no serían lecturas que yo haría. salvo acompañado por mi hijo.

Pero llegó la historia que provocó el punto de inflexión, la que quizá más ha tocado la fibra sensible de ambos, la que ha señalado un camino natural que combina literatura y cine.

Me gusta el cine y la literatura, el cine es rápido y entretenido, un libro suele ser mucho más amplio que su película pero su lectura puede durar muchas horas. Las experiencias que tengo de haber leído un libro y después la película ofrecen impresiones diferentes, grandes libros sucumbieron en la gran pantalla, y obras maestras del séptimo arte partieron de libros que no pasarían de mediocres. En realidad, ese recorrido natural que por cuestiones de tiempo no puedo realizar, sería leer primero y ver la película después, así tiene uno una mente más crítica, creo.

Con ese oculto propósito iniciamos la lectura de «Un monstruo viene a verme», un libro que no se antojaba largo para una novela pero sí para un cuentecito juvenil, que casi lo es, con lo que daba para un par de semanas de veladas literarias. Y no, si alguien había pensado que era una historia para niños, por aquello de que la protagoniza un niño, no, no la es; o al menos no para un niño que todavía campea por los cuentos de hadas, princesas y superhéroes; esta historia tiene más quilates y nos golpea con una dura realidad, tal vez eso no guste a un niño, pero sí que puede atraer a algún jovencito para que vaya moldeando su mente para un futuro no muy lejano.

Tampoco es una historia de miedo, o para precisar más, el monstruo no es el que provoca el miedo, aquí el miedo lo protagoniza la realidad; la cruda realidad que nos toca con la varita de la mala fortuna en forma no de un monstruo de la imaginación, sino de otro encarnado en una enfermedad incurable.

Conor es un niño de 13 años, casi la edad de mi hijo, y partiendo de la base de que es una edad difícil, encima la vida no se está portando bien con él. Conor vive con su madre en Inglaterra, es época actual, sus padres están divorciados, y su padre ha iniciado una nueva vida con mujer y una hija recién nacida en Estados Unidos; en la escuela lo acosan; y lo peor, su madre tiene cáncer. A todo esto tiene que ir acostumbrándose a vivir con su abuela materna, un tanto huraña y perfeccionista.

Cada noche, a las 00:07 un monstruo arbóreo se le aparece a nuestro protagonista. Un tejo se humaniza de algún modo para hablarle a su corazón, de sus problemas, de la vida; el monstruo es en verdad una prolongación de la realidad que Conor no quiere ver, o la quiere ver a través de un monstruo que le protegerá y ayudará, con sus consejos a través de historias que parecen querer moldear la mente del niño hacia su adultez y hacia el enfrentamiento de un futuro incierto.

Es una historia triste y asfixiante por momentos, y la paradoja es que el monstruo ayuda a sobrellevar la pesadilla a Conor, enfrentado a un mundo adverso que le está poniendo en el disparadero y no tiene la suficiente madurez para ello, por eso el monstruo es el apoyo; el apoyo para enfrentarse a su padre, a su abuela, a los compañeros de clase, y a las sucesivas derrotas que su madre sufre en su lucha con un monstruoso mal.

Y básicamente, sin destripar en exceso la trama, el libro es fácil de leer, escrito por Patrick Ness en 2011, autor especializado en literatura infantil y juvenil, basado en una idea de otra escritora, Siobhán Dowd, la cual fallecería de cáncer de mama en 2007.

Este cuento serio, a nosotros nos inspiró mucho la imaginación, tal que decidimos ver la película para comprobar cuánto se había respetado el relato, cómo eran los personajes y especialmente cómo se había interpretado al monstruo arbóreo.

El nuevo gurú del cine español, Juan Antonio Bayona, fue el artífice de llevar este cuento a la gran pantalla. Bayona se ha hecho tal nombre en el cine mundial que las productoras le abren las puertas, y cuenta con sustanciosos presupuestos que le permiten disponer de actores de talla mundial, en esta película con Sigourney Weaber y Liam Neeson entre otros personajes destacados.

La película sorprende por su fidelidad con el libro, lo sigue prácticamente al dedillo y en muy pocas ocasiones elude pasajes o personajes que aparecen en el relato, con lo que resulta fácil y gratificante a la vez comparar en cada punto lo que tu mente imaginó, al leer con la interpretación que ha hecho Bayona, la cual está muy bien.

Por otro lado, el cuento daba mucho juego a los efectos especiales, y ese es uno de los grandes activos de la película, ahí Bayona se ha explayado. Probablemente el personaje del monstruo, el tejo antropomórfico, es lo que a mí más me sorprendió, no me lo imaginaba tan humano, de hecho, ese personaje es el que encarna Neeson, aunque se le reconoce poco o nada. Los efectos son fastuosos y demuestran lo que ha avanzado la técnica a estas alturas del siglo XXI y se me hace la boca agua de pensar lo que nos puede deparar el futuro si ya el nivel de perfección que permiten los ordenadores y programas de grafismo es más que sobresaliente.

No obstante, siendo unos efectos tan buenos, más me gustaron incluso las historietas gráficas insertadas en la película. Y ello porque en el libro y, en consecuencia, en la película, el monstruo cuenta tres historias a Conor, y en la gran pantalla se han hecho cómics, que son muy chulos, de una gran plasticidad.

No podría olvidarme de Conor, interpretado por el joven Lewis MacDougall; lo interesante de la elección de este actor, es que no es guapo, no es una cara atractiva, y eso es lo bueno, su fisonomía es la de un niño corriente, en el que se puede identificar cualquier niño normal del mundo. La interpretación es muy buena porque su gesto serio, incluso inconformista, llena toda la película, le da la pátina adecuada que la historia que se cuenta merece.

Un buen libro y una película que lo hace aun mejor suponen un recorrido de natural aprendizaje que mi hijo y yo hemos emprendido y terminado con éxito; recorrido que sugiero como absolutamente recomendable para quienes se encuentren en nuestra misma tesitura.

sábado, 9 de diciembre de 2017

EL EMPLEADO DE LA FNMT QUE SACÓ BILLETES DE SU TRABAJO, SE DIO A LA BUENA VIDA Y MÁS CURIOSIDADES MONETARIAS

He comentado en alguna ocasión en esta bitácora que los que coleccionamos algo, en mi caso sellos, solemos picar en otras colecciones, y nos interesamos aunque sea en menor medida por cualquier modo de coleccionismo. De hecho, esta bitácora no habla solo de filatelia aunque sí predominantemente, y hablo de vez en cuando de otros coleccionismos.

Existe una hermandad entre filatelia y numismática, tal que las pocas tiendas que aun siguen abiertas en nuestro país de este sector, suelen ir de la mano; y más, el que vende sellos, también sabe algo de monedas, de vitolas, de etiquetas de vinos, de tarjetas telefónicas, de cupones, etc.

A los que nos gusta el coleccionismo, nos es grato comentar anécdotas no relacionadas directamente con la filatelia o la numismática, pero que giran en torno a ese mundillo; básicamente porque no son temas de los que se habla en la barra de un bar, y en las escasas reuniones o foros que tenemos los coleccionistas, la mayor parte del tiempo lo dedicamos a hacernos eco de la «prensa rosa» del coleccionismo, que aunque sea poca o friqui, haberla hayla.

Ya recordé una vez en este blog que hubo un instante en mi vida en que me encontré en el lugar justo en el momento determinado y colaboré e impulsé que, con ocasión del Bicentenario de la Batalla de Bailén en 2008, mi pueblo de adopción, se pudiera acuñar una moneda de plata de colección, con un valor facial de diez euros que tenía en el anverso la figura del General Castaños y por el reverso un detalle del famoso cuadro del palentino Casado del Alisal «La rendición de Bailén».

En esos trámites previos tuve la oportunidad de pasar una jornada de trabajo bastante completita con dos empleados públicos de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre; aquella me pareció una oportunidad única, casi «histórica» para conocer algo de los entresijos de esa empresa pública que para cualquier ciudadano de a pie debe ser como poco curioso saber cómo se trabaja allí, en la empresa donde se fabrica el dinero.

Yo aproveché aquella pintiparada ocasión para largar preguntas a mis contertulios todo el tiempo, algunas de las cuales han devenido en algunas entradas de este blog o partes de artículos que he colgado, pero se me quedaron algunas anécdotas en el tintero.

A uno de esos empleados le pregunté algo obvio, y es el cómo se llevaba la tentación de llevarse a casa el producto que se fabrica en la empresa: dinero. Y curiosamente me comentó que una vez uno de sus empleados se pasó de listillo e hizo un curioso y sustancioso desfalco, lo cual provocó que a partir de ahí las medidas de seguridad de la Fábrica cambiaran y se fortalecieran notablemente, más aun con la entrada del euro.

Pero aquello era en la época en que todavía la peseta circulaba en nuestros bolsillos, anhelada moneda. Mi inopinado informante me comentó que el caso que ahora relataré llegó a salir hasta en el Interviú. Con todos los datos que me pasó, y pese a que no he encontrado el tal Interviú para ilustrar esta historia (no tiene articulada la hemeroteca su web), sí que indagando por varios sitios, he conseguido realizar una cronología bastante certera de lo que ocurrió.

Pues resulta que corría el año 1983 y el empleado público de la Fábrica Nacional de la Moneda y Timbre cuyas iniciales corresponden a V.L.F., probablemente acuciado por un sueldo no ajustado a la responsabilidad que tenía (estaba en las planchas de fabricación de billetes, se encargaba de su manipulado, probablemente de su corte y empaquetado), decidió buscarse la vida de una forma un tanto astuta.

Hay que recalcar que aunque nos contemplen ya varias décadas desde aquel suceso, existirían medidas de seguridad en el edificio que impedirían que los empleados sacaran de allí el fruto de este trabajo. Pero mire Vd. por dónde que V.L.F. era el encargado de llevar a una cámara de seguridad los pliegos de billetes cancelados (defectuosos), él contaba con una de las tres llaves de la misma.

Aquellos billetes sin cortar llevaban estampada con algún sello o gomígrafo alguna inscripción con determinada tinta para inutilizarlos. Pero V.L.F. fue hábil y para empezar se hizo con las otras dos llaves, que con toda seguridad pertenecían a otros trabajadores de más alto rango y responsabilidad, se especula con que la confianza entre trabajadores llevara a que alguna vez por cuestiones de organización o premura en la tarea le dejarían las otras llaves y él se tomó el tiempo justo para hacerse con copias de las mismas sin levantar sospechas.

Ahí empezaba la primera parte del entramado, pero para qué quería unos pliegos cancelados y sin cortar y lo que es más trascendente, ¿podría conseguir sacarlos de la FNMT? Tanto lo publicado en los periódicos como lo que se entrevió en la instrucción judicial posterior no metían el dedo en la llaga, es decir, no se reveló cómo sacó los pliegos de allí, porque eso sería, de algún modo, desvelar que un sistema necesariamente seguro tenía sus fallos; es más, esto serviría y sirvió para modificar los protocolos de seguridad.

El caso es que damos por hecho que V.L.F. se las arregló para sacar de la Fábrica los pliegos cancelados, tampoco trascendió de qué cantidad eran aquellos billetes aunque, puestos a probar, mejor ir a lo gordo, por aquello de que y permítaseme la expresión coloquial «más caga una vaca que cien pajarillos», y lo más probable es que sacara de la Fábrica pliegos de billetes de 5.000 y 10.000 pesetas.

Ya en su casa, con todo el tiempo del mundo, se las ingenió, seguro que tras un montón de pruebas (no importaba perder billetes en el intento), para obtener un producto químico que «borraba» la tinta del cancelado y dejaba inmaculado todo el billete. Las crónicas de la época dicen que lo hizo con lejía, se me antoja que es algo tan prosaico que no se sostiene por ningún lado, o sea, que podría ser lejía pero también algo más. Tras ello no tenía más que cortar meticulosamente las planchas, entiendo que minimizando los defectos por los que fueron cancelados, es muy probable que porque estuvieran descentrados o con leves problemas de estampación.

Y hete aquí que V.L.F. consiguió una especie de gallina de los huevos de oro, una inagotable fuente de ingresos, muy probablemente con la anuencia de su esposa, porque pasar de ser un humilde funcionario de un nivel no muy alto a manejar pasta no se podía esconder demasiado en la familia.

Sin embargo, como se suele decir la mujer del César no solo tiene que ser honrada sino parecerlo, y la codicia se adueñó de V.L.F.; la codicia es uno de los grandes males que afectan al ser humano desde que el mundo es mundo. Y el protagonista de nuestra historia se vino arriba, era casi imaginable, verse con un sobresueldo de dichas características no es fácil de administrar, dicen que mucha gente que tiene golpes de suerte, le toca la lotería o la primitiva, se arruinan o no saben qué hacer con tanto dinero.

Y V.L.F. comenzó a aparentar excesivamente y darse a la buena vida, y en ese delirio de riqueza fraudulenta pues, aparte de llevar un ritmo de vida impropio de su sueldo, este hombre no tenía una ética muy modélica, de tal forma que aparte de los lujos imaginables: coche, vivienda, restaurantes, ropa, viajes…, pues precisamente en esos viajes parece que frecuentaba casas de señoritas de moral distraída. De tal guisa que se ve que llegó a encapricharse de una señorita en uno de sus viajes a las Baleares, intimó y sus encuentros se repitieron. A esta señorita la detuvieron los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y al comprobar que manejaba una gran cantidad de billetes, afirmó algo así como que se los daba un empleado que trabajaba en «la fábrica esa donde hacen los billetes». Hasta cuatro millones llegó a recibir la amiguita. A partir de ahí fue relativamente sencillo tirar del hilo para encontrar al generoso donante, imagino que con la asistencia de la FNMT que tenía anotadas las numeraciones de los billetes cancelados y que nuestro protagonista se encargó de revivir.

A este nuevo rico se le calcula un sobresueldo a lo largo de cinco años de unos ochenta millones de las antiguas pesetas y se le encontraron en casa cerca de veintiocho millones dispuestos para seguir dándole libidinosa cobertura.

Ahí acabó la historia, fue condenado a doce años de prisión y cincuenta millones de multa que no sé si abonó, y si lo hizo, no sé de dónde los sacó.

Es obvio que las medidas de seguridad se han reforzado y la llegada del euro supuso un punto de inflexión, pero por mucha sofisticación que haya siempre habrá alguien dispuesto a engañar; siempre he pensado que para hacer billetes exactamente iguales a los de la fábrica basta con tener la misma maquinaria, y técnicamente eso es muy complicado pero no imposible. Algunos se acercan como, curiosamente, Rafael Velasco oriundo de Bailén, licenciado en Bellas Artes y especializado en Artes Gráficas, que hace apenas tres años fue detenido por falsificar billetes de cincuenta euros; fue calificado por la Policía como el más perfecto falsificador de toda Europa.

Por cierto, los billetes de euro se fabrican en todos los países de la zona euro, aunque se reparten el modelo, y también los años en que se va a producir tal modelo. Por ejemplo, los billetes de cinco euros no se fabrican en España. De todas maneras, hay amplia información en la Red, incluso a través de alguna letra del billete se puede saber en qué país fue fabricado.

Con las monedas, que cada país produce las propias, no ocurre exactamente igual, es más, con estas hay que hilar mucho más fino que con los billetes en cuanto al cálculo de costes de su producción. Un billete, por mucha tecnología que lleve, es un papel en definitiva, el coste de producción es muy pequeño con respecto al valor facial que tiene; pero ¿y la moneda? Este es siempre un caballo de batalla para todos los países del mundo, o sea, se trata de encontrar metales fuertes, duraderos, que eviten la corrosión, abundantes y baratos. Está todo prácticamente inventado, y las aleaciones se repiten a lo largo y ancho de la geografía mundial.

En el caso del euro, las de uno, dos y cinco céntimos (acero recubierto de cobre) son las menos rentables, la de un céntimo cuesta en metal dos tercios de su valor, de ahí que algunos países (Holanda) ya se hayan decantado por no usarla en su tráfico habitual; y es que es un enorme gasto considerando aparte que son un fastidio llevarlas encima. Las de diez, veinte y cincuenta céntimos (aleación denominada oro nórdico) ya van mejor; la de diez cuesta, es decir, valor del metal más manipulado un 26 % de su valor, la de veinte un 18,5 % de su valor, y la de cincuenta en torno al 10 %. Por último, las de euro y dos euros, al ser bicolor (bimetálicas), se fabrican con cuproníquel y níquel-latón, Estas monedas ya están por debajo del 10 % de su valor en metal.

Mucha gente piensa que la revalorización de los metales, es especial de las monedas pequeñas, sobre todo las de uno y dos céntimos, podría provocar que valiera más el metal que la moneda y algunos acumulan cantidades ingentes de estas; estoy convencido de que para cuando no sea rentable la quitarán del mercado y dudo que alguien quiera comprar chatarra y sobre todo cuántos kilos, toneladas diría yo, de monedas de uno y dos céntimos tiene que acumular alguien para hacer un negocio medianamente interesante.

sábado, 2 de diciembre de 2017

"EL LIBRO DE LOS ESPEJOS", DE E. O. CHIROVICI

Convivimos alrededor de personas que a veces falsean la realidad inconscientemente, la mente nos juega malas pasadas, olvidamos lo ocurrido y creamos recuerdos falsos. La mente es capaz de transformar la realidad objetiva en realidad separada, a la medida de cada uno. Y cuando pensamos que alguien puede ser un mentiroso, en algunas ocasiones puede que no lo sea, porque su cabeza genera una realidad que no fue tal y como la vivió. Estamos constantemente modelando recuerdos. ¿Cuántas personas afirmaron hace años que habían visto en la tele a un perro llamado Ricky (en honor a Ricky Martin) haciendo «guarreridas sesuales», o sea, cosas raras con su dueña en el programa Sorpresa, Sorpresa? Y todo fue un proyecto de un grupo de estudiantes de Psicología, que triunfaron, y eso que no existían las redes sociales.

Pues un poco de eso va este interesante libro del rumano E. O. Chirovici, porque no todo es lo que parece en un principio de la trama y el enredo inicial se va deshaciendo con inesperados giros, gracias a que se parte de la premisa de que un personaje principal ha alterado la realidad con el paso del tiempo, y eso permitirá que lo que nos parecía claro de entrada, no lo sea al final, y viceversa.

La novela se sitúa en el estado de Nueva Jersey en Estados Unidos. Hace veinticinco años tuvo lugar el asesinato en extrañas circunstancias de un prestigioso profesor de Psicología de la Universidad de Princeton, Joseph Wieder. El caso se cerró con la condena de un delincuente que parecía tener poco que ver con el asunto, pero lo mediático del caso provocó que las autoridades policiales y judiciales buscaran esa solución de compromiso para acallar la presión social.

Pero nos situamos en la actualidad, un editor, Peter Katz, recibe un manuscrito de un tal Richard Flynn en el que narra su relación con el profesor Wieder y con una brillante y misteriosa compañera de piso llamada Laura Baines, en 1987, en su época estudiantil. El manuscrito revela el trío profesional, amistoso y ¿sentimental?, que se formó entre ellos. Laura trabajaba con Wieder en la universidad en relevantes proyectos propios de sus estudios; Richard y Laura se enrollaron; y Wieder dio trabajo a Richard organizando una magna colección de libros en su casa y pasando los mismos a una base de datos en un ordenador.

Lo último que refleja el manuscrito es lo sucedido en las últimas horas de vida del profesor Wieder, Richard Flynn estuvo trabajando en su casa y luego cenaría con él, se marcharía, y a la mañana siguiente se descubrió el cuerpo sin vida del profesor en medio de un gran charco de sangre.

Aquí termina la primera parte de esta novela, Richard Flynn ha enviado al editor el que parece ser un relato objetivo de los tres protagonistas iniciales de la novela y aparentemente imprescindibles en ella. Flynn asegura que acaba de hallar la verdad tras muchos años y lógicamente cuenta con el resto del manuscrito en el que revela la autoría del asesinato. Lamentablemente cuando el editor acude a casa de Flynn en busca del resto del manuscrito y una suculenta cantidad de dinero en su zurrón, este se encuentra hospitalizado con una enfermedad terminal y su pareja ni sabe nada de manuscrito ni logra localizarlo en casa. Flynn fallecerá y todo quedará en el aire.

Aquí se inicia la segunda parte que cuenta con un segundo narrador, el periodista John Keller, que contratado por el editor que recibió la primera parte del manuscrito, y a falta del mismo, trata de ir encajando las piezas del rompecabezas. Básicamente su labor consistirá en obtener la máxima información existente en fecha actual de los acontecimientos acaecidos hace casi un cuarto de siglo. Documentos de la época, fichas policiales, bibliografía, búsquedas en Internet, y entrevistas con los personajes que giraron alrededor del caso en su momento, Laura Baines (ahora Laura Westlake), el mantenedor de la casa de Wieder, Derek Simmons, policías y otros personajes que tuvieron más o menos relación con los hechos, porque fueron testigos indirectos o porque suponían una coartada.

Keller irá, de algún modo, marcando una hipótesis de los hechos en un complicado puzle, que revela como dato primordial que no todo lo que Flynn indicaba en su manuscrito era verdaderamente tal como lo vivió; particularmente Laura reconoce que no había relación amorosa con él y que eso solo estaba en su imaginación.

Finalmente el periodista llega a muchas conclusiones, une ciertos cabos sueltos, pero su labor termina ahí, pasa al editor que lo contrató sus pesquisas con el objeto de una futura publicación; pero todo se sustenta en juicios de valor, , en indicios y en declaraciones de personas que no se reafirmarían ante los tribunales, lo que lleva a dicho editor a decantarse por no publicar ante los problemas legales que le ocasionaría.

Esta novela tiene tres partes y lo novedoso de la misma es que cuenta con tres narradores diferentes en cada una ellas. En la primera Richard Flynn, en la segunda John Keller, y la tercera le corresponde a un policía jubilado, Roy Freeman, que estuvo implicado en su momento en la resolución del caso, y que acuciado por lo mediático del mismo y que en aquella época le daba bastante al alcohol, se siente obligado a coger las riendas del asunto, conocedor del manuscrito de Flynn y de las averiguaciones de Keller con el que mantuvo el contacto un tiempo antes.

Por otro lado, a Freeman le han diagnosticado principio de Alzheimer y decide, como última contribución a la sociedad, antes de su desconexión, el tratar de desenredar la madeja, en un caso donde efectivamente comienzan a aparecer más y más variables y los que parecían sospechosos ahora no lo son, revelándose nuevos personajes que terminarán por dilucidar lo ocurrido en aquella noche fatídica en la casa de Wieder.

Finalmente y sin entrar en detalles decisivos que le amargarían al ávido lector que desee leer esta interesante novela, Freeman no solo conseguirá desvelar el caso sino mandar entre rejas a la persona que asesinó a Wieder. En todo caso, Wieder se revela como una persona que, desde el punto de vista profesional, no era tan trigo limpio como se suponía en un principio.

Gracias a la chispa provocada por Flynn y el empeño de Keller y Freeman se llega a la solución y estos coinciden en que los recuerdos del pasado no son necesariamente los recuerdos reales. Nuestro pasado comienza a distorsionarse en cuanto se instala en nuestra mente, que actúa como un espejo, no nos vemos en un espejo tal y como somos, la imagen especular es parecida pero nunca la misma. Y la necesidad de reconstruir un espejo roto y finalmente ver lo que hay enfrente de él es un viaje apasionante que reconforta al lector.

Y ello porque es un libro fácil de leer y de entender, nada de complejas tramas y sucesión de decenas de personajes que te hacen perder el guion, lo que nos permite concluir que estamos ante una novela de mucho calibre, y auguro que Chirovici seguirá deleitándonos en el futuro con novelas del mismo corte que ofrecen una bocanada de aire fresco a la narrativa del siglo XXI.

La novela está escrita en inglés (he detectado algunos fallillos de traducción) y es la primera que Chirovici hace en este idioma, antes eran en su idioma nativo. Era economista y periodista en Rumanía, pero sus éxitos literarios le han llevado a dedicarse profesionalmente a escribir novelas y desde 2013 vive en Bruselas.

domingo, 26 de noviembre de 2017

FORGOTIFY, EL PARAÍSO DE LA MÚSICA OLVIDADA

No miento si digo que me azoro un poco cuando paso por algún tenderete de esas inopinadas ferias del libro que de vez en vez hay en nuestros pueblos y ciudades, y compruebo cuanta cantidad de literatura existe, y que por el precio ínfimo que tiene, la lee o la ha leído nadie o muy poca gente. Libros especializados o simplemente novelas de autores casi desconocidos que se acumulan en esos montones de libros feria tras feria esperando a que alguien los adquiera a un precio indigno. Y ahora en este mundo, donde por suerte hay una enormidad de editoriales, prácticamente en cualquier localidad de mediana población, uno se puede editar su libro a sí mismo y experimentar el gozo de haber escrito y publicado un libro, aunque luego la tirada sea tan pequeña que la comprarán familiares y amigos, o sea, que te costará los dineros, como vulgarmente se dice.

Así que tanto saber, tan incalculable, o tanto truño, terminará irremisiblemente (más hoy día con la facilidad de acceder a todo conocimiento y actualizado a través de Internet), vendiéndose al peso y quién sabe si triturándose en una industria papelera o quemándose como combustible como si de un Fahrenheit 451 se tratara.

Pero, ¿y qué pasa con la música? Pues partimos de la base de que, aunque también han proliferado las discográficas, no producen a la misma velocidad que una editorial, no obstante, aun así el conjunto de composiciones musicales que se han llevado a cabo en la historia y que se han grabado, también da para pensar que habrá músicos, compositores, grupos, coros, bandas..., que apenas habrán sido escuchados más que por sus allegados.

Se calcula que existen no menos de cien millones de temas musicales originales diferentes y la combinación de las doce notas musicales (siete más sus cinco semitonos) hace que los resultados de composiciones posibles sean infinitos, y que gracias a Dios la producción de bellezas sonoras nos permitirá sorprendernos eternamente, por tanto, tampoco es baladí afirmar que existan canciones editadas que no ha escuchado nadie.

Confieso que la llegada de la Navidad es un momento propicio para escuchar música, tal vez algo más de tiempo libre, la necesidad de un poco de relajación, de inspiración y de ambientar unas fechas propicias para reflexionar sobre la existencia de uno. Con la llegada de Internet también han ocupado una parte de nuestras vidas esas plataformas gratuitas para escuchar música, cualquier música, toda la música; hay varias y probablemente la más popular, aunque no estoy seguro de que esto sea así es Spotify.

Probablemente alguien se haya preguntado alguna vez si Spotify y el resto de plataformas tienen un marchamo legal, o lo que es lo mismo, en esta era de la piratería, tal vez ahora menos persistente que hace una década, ¿para qué descargar música si la tengo al instante con esta aplicación?, y en consecuencia, ¿Spotify paga a los que hacen la música? Obviamente que sí, aunque tú no puedas tener el archivo en tu ordenador, qué falta te hace si a golpe de clic tienes la música que quieras. Y para eso las plataformas llegan a acuerdos económicos con las discográficas para pagar una cantidad por cada reproducción, en la jerga por cada stream; cantidades muy pequeñas, pero que con muchas reproducciones suponen un suculento botín. Se calcula que Spotify y otras plataformas pagan a la discográfica, dependiendo del autor, canción y época, entre medio céntimo y un céntimo de euro por cada reproducción; y luego a su vez, las discográficas ya se las averiguan con sus artistas.

Si asumimos el dato redondo de que en 2017 acumulamos esos cien millones de temas musicales diferentes, incluidas versiones de los mismos, se calcula que en Spotify se alojan en torno a veinticinco millones de esos temas. Luego, queda mucho fuera, pero debe ser algo muy raruno porque ya es complicado no encontrar algo en la plataforma.

Por otro lado, cada día Spotify incorpora algunos millares de temas nuevos en su oferta de dimensiones casi cósmicas, con lo que abruma pensar que cada día se produce más y más música y que cada día cualquier mortal tiene una brecha más importante entre lo que conoce, insignificante, y lo que desconoce, prácticamente todo. Sí, porque aunque mucha gente presuma de saber de música, los datos no pueden ser más contundentes, y apenas sabemos un pelín de lo comercial o de algún estilo musical muy especializado o concreto.

Spotify dispone de un contador de reproducciones, que te permite saber cuánta gente como tú ha escuchado lo que tu estás escuchando. Para mí, que soy un aficionado a la música New Age y que navego con bastante aleatoriedad, porque la plataforma te sugiere artistas del estilo musical que escuchas en ese momento, muchas veces aterrizas en algún músico o grupo que apenas ha recibido mil reproducciones; y siento, si lo que oigo es bueno, de algún modo, que tengo el privilegio de tener una joya en las manos al alcance pocas personas.

Bien, pues al hilo de todo esto, a unos jóvenes estadounidenses, Lane Jordan, J. Hausmann y Nate Gagnon, vinculados a la industria digital y erradicados en San Francisco se les ocurrió la idea de alzar la voz de aquellos que tienen escasa o ninguna relevancia en Spotify, y crearon Forgotify, un juego de palabras entre el verbo en inglés to forget (olvidar) y el nombre de la plataforma.

Consiguieron incrustar un ejecutor remoto (un player en terminología informática), que rápidamente se ve en la página web forgotify.com, el cual te reproduce los primeros segundos de la canción, donde directamente te va seleccionando a esos grupos y cantantes desconocidos, olvidados o poco suertudos, y te invita o bien a iniciar una sesión en Spotify, o bien te abre en otra ventana del ordenador una web de Spotify si no quieres instalar esta aplicación. A mí me gusta más abrir el Spotify que tengo instalado porque así puedo ver la discografía del elegido para la gloria efímera.

Estos ingenieros calcularon que de esos veinticinco millones de temas alojados en la referida plataforma musical en torno a un 20 % no se han escuchado jamás, o apenas menos de cien tristes reproducciones, es lo que en esta plataforma se califica como índice de popularidad cero, y eso que somos en torno a cien millones de usuarios de Spotify en el mundo y creciendo.

Y ahí empieza un apasionante viaje hacia lo desconocido, una experiencia única, única pero también irrepetible, porque cuando escuchas ese tema que casi no se ha pinchado, Forgotify lo elimina de su base de datos, que no Spotify, donde seguirá alojado. Es como una oportunidad de rescatar de la tristeza del anonimato, de la invisibilidad, a un montón, millones de canciones que muchas veces no sabes por qué han caído tan bajo en cuanto a popularidad, es una oportunidad de retribuir, aunque sea de forma nimia, el esfuerzo realizado para componer, para grabar..., así los hacemos a sus intérpretes importantes por un día, bueno, por tres o cuatro minutos.

La tal experiencia cobra carácter de excepcionalidad ya que si alguien ha escuchado algo de Forgotify alguna vez, la secuencia de dos canciones seguidas al azar no las habrá escuchado nadie en toda la historia, prácticamente con toda seguridad; desde luego nunca ya a través de Forgotify, pues como he señalado las «recicla», aunque seguirán estando en Spotify con una visita de más, algo es algo.

Es muy relevante subrayar que el algoritmo creado por los magos de Forgotify permite también experimentar un viaje distinto, entretenido y variado, y ello porque se ha configurado con una serie de requerimientos, tal que el aplicativo se configura para que aleatoriamente la selección no repita estilos, épocas y mucho menos grupos o cantantes. En una sesión que hice al azar mientras redactaba esta entrada probé el aplicativo y me «cayó» un grupo de New Age, un disco remix de Ibiza (toda una sorpresa), un cantante negro de estilo jazz, un grupo de country, alguna que otra composición de música clásica y una cantante de ópera..., todo muy sutil.

¿Acabará alguna vez Forgotify? Dudo que ocurra, tenía que estar mucha gente mentalizada para usar este servicio y quererse enganchar a escuchar música rareja o escasamente popular, y al ritmo en que se suben canciones diariamente a Spotify, creo que tendremos Forgotify para mucho rato, básicamente para siempre.

Por último, y dado que lo he apuntado al principio me pregunto qué pasa con lo que no está en el cosmos de Spotify, pues se me ocurre que esos setenta y cinco millones de temas que Spotify no aloja se hayan perdidos, en discográficas locales o de países poco desarrollados, sin ningún interés; casi esperando a que alguien se lleve montañas de discos para aterrizar, quién sabe, alguna vez en una feria del libro, o del disco.

Desde luego, si uno se pica con Spotify, puestos a rizar el rizo, tampoco está mal ver el grupo o músico que nos toca e intentar buscar algo en Internet, a veces los resultados son sorprendentes, puesto que poca relevancia tendrá si está en Forgotify, ya que Internet cifra la inexistencia de lo que estás buscando, todo muy penoso. Por eso digo que Forgotify ofrece el milagro de visibilizar momentáneamente a los anónimos de la música.

Mi recomendación es algo así como echa el freno Magdaleno, si quieres vivir un momento especial que ningún ciudadano del planeta ha experimentado, sumérgete en Forgotify, y piensa que si crees que sabes de música, estás completamente equivocado.

En fin, me apasiona lo oculto, lo raro, lo poco conocido, en la música y en otras ramas y Forgotify te ofrece la oportunidad de escuchar por primera vez algo que nunca has escuchado y que muy poca gente ha escuchado, es como para sentirse un privilegiado, aunque sea por un momento.

domingo, 19 de noviembre de 2017

QUINO Y EL MARAVILLOSO ESPACIO VITAL DE UNA IMPERECEDERA MAFALDA

Hubo una época en mi vida, que mi hermana recordará bien, en la que apareció por su cuarto un librito con historietas de Mafalda, no sé si fue una compra, un regalo o un préstamo de biblioteca, el caso es que fue durante un tiempo el regalo perfecto para ella y una excusa magnífica para mí, puesto que cada creación de Mafalda que entraba en casa era devorada por mí.

Confieso que me abruma un poco hablar de Mafalda y de Quino en esta bitácora y no repetir o reiterar algo de lo mucho que se ha escrito sobre este personaje y este autor, y tal vez la clave sea hacerlo expresando mi experiencia personal, sin más.

Y es que hace apenas unos días tuve que escribir para una revista filatélica de la que soy colaborador, acerca de una emisión que este año había salido en España dedicada al «Humor gráfico», donde se homenajeaba a Quino y a su personaje más representativo. Al escribir sobre Mafalda lo primero que se me vino a la cabeza fue lo siguiente: «Un cómic protagonizado por niños, no apto para niños».

Tal vez estuve muy contundente al calificar a las historietas de Mafalda como no aptas para niños, en realidad, es como le digo a mi hijo siempre, no veas series que no puedas entender, por mucho que la calificación orientativa de las mismas te permitan verla por tu edad, porque a buen seguro que alguno de los chistes no los pilla, porque le hace falta algo más de vida. En Mafalda ocurre igual, te puedes reír con la sopa, con sus amigos, con sus cuitas en el cole, pero es probable que no llegues a sus dobles sentidos, a su profundidad y a su crítica.

Pero dándole la vuelta a esta reflexión tampoco está mal que los niños se acerquen a un personaje como Mafalda, porque les abre la mente, porque de algún modo, les ayuda a ser críticos con el mundo que les rodea, a prepararse para instalarse en una sociedad que es imperfecta, mediocre si se quiere, y donde sería óptimo por parte de toda la ciudadanía, ser críticos ante ella con el fin último de construir un mejor entorno entre todos.

Porque Mafalda es una niña pequeña, una infante, pero con una mente mucho más grande que su cuerpecito rechoncho, su mente está constantemente preguntándose sobre el mundo, es perspicaz, es aguda, es inteligente, es lúcida, es crítica; ella ya ha captado esa imperfección desde lo cotidiano, lo mundano, hasta los grandes asuntos que mueven a personas muy sesudas que son las que nos dirigen con unos hilos invisibles cual marionetas.

Por otro lado, sus personajes accesorios, esos niños que conviven en el universo de Mafalda son representativos de cualquier sociedad moderna, es una muestra bastante fiel: Manolito, Guille, Felipe, Susanita, Libertad..., están los listos y los simples, los capitalistas y los obreros, los progresistas y los tradicionales. Estos rasgos se conjugan para que Mafalda vaya erigiendo el edificio crítico de una sociedad donde el ser humano se revela como un ser netamente egoísta y ese probablemente sea el mayor defecto que detesta nuestro personaje.

Lo curioso es que la mayor producción de tiras de Mafalda se hizo entre 1964 y 1973 y tenemos la conciencia de que el personaje sigue plenamente vivo; Quino alcanzó en ese punto su madurez artística y, de algún modo, literaria, pero lo que más sorprende, y en eso coinciden la mayoría de los críticos y de los aficionados a esta tira cómica, es que la mayor parte de los mensajes que lanza la niña son perfectamente válidos hoy, también probablemente dentro de cincuenta años, porque muchos son atemporales, incluso cuando no estemos aquí los de mi generación, seguirán estando vigentes. El medio ambiente, las guerras, el machismo, la justicia, la economía..., grandes asuntos que preocupan a muchas personas y nuestra chica se encarga de mandarnos mensajes contundentes que más valdría que alguno leyera y se aplicara de vez en cuando, muchísimo mejor nos iría a todos.

Cuando he referido acerca de la producción literaria, es necesario detenerse un momento, como siempre me gusta, para analizar mínimamente qué revelan sus dibujos. La mayor parte de los historietistas, de los humoristas gráficos, son ante todo contadores de historias que tienen como vehículo para llevarlas a cabo el dibujo; y no es que sacrifiquen el trazo para ensalzar el mensaje, pero bien es cierto que su horizonte es opinar, conciencia, incluso algunos aleccionar también. En el caso de Quino es evidente que, creado el personaje, los personajes, el trazo es sencillo, simple hasta cierto grado, las tiras, que son eso, una sucesión de tres o cuatro viñetas con rápido planteamiento, nudo y desenlace, se centran en las personas y el dibujante no gasta demasiado tiempo en decorar con añadidos, todo lo más imprime de gestualidad a sus niños, porque no dejan de ser niños, que dentro de su natural rebeldía acentúan sus pareceres con imágenes que nos evocan el estado de ánimo de estos. Incluso el color es secundario, la mayor parte de las tiras son en blanco y negro, también es verdad que porque, cuando se publicaban en prensa y revistas el color era un excepción, casi un lujo.

Por una serie de casualidades, cuando tenía pensado tratar sobre Mafalda y Quino, vino la muerte de Chiquito de la Calzada, pérdida que he sentido profundamente, porque a este hombre se le fue la vida en un estado de tristeza y cierta soledad, lo cual es impropio para un personaje que nos ha hecho reír tanto, inolvidable.

La casualidad es que se hablaba de que a Chiquito no se le homenajeó debidamente en vida, y parece que se le negó sucesivamente la Medalla de Oro de Andalucía, tal vez por aquello de que el humor se presupone un arte menor. Curiosamente Quino, algo que desconoce mucha gente, tiene sangre andaluza 100 %; aunque en sus biografías se cuenta que nació en Mendoza en 1932, él mismo ha reconocido que nació en Fuengirola unos años después y que sus padres saldrían de Andalucía y de España al poco del inicio de la Guerra Civil. De hecho, Quino obtuvo la doble nacionalidad en 1990.

No estaría mal el debido homenaje en Andalucía a Quino y su Mafalda, cuando el dibujante aún está entre nosotros y sigue vitalmente activo. Bien es cierto que Quino que, en realidad, se llama Joaquín Salvador Lavado Tejón, recibió en 2014 el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, galardón que este año han recibido los también argentinos y geniales Les Luthiers; el jurado de estos premios no se anda con remilgos y acierta de pleno al reconocer a humoristas o dibujantes, porque en este mundo de lamentos y problemas aquellos que nos hacen reír, que nos hacen la vida un poco más feliz, merecen todo nuestro reconocimiento.

Pongamos más Mafaldas en nuestros corazones y planteémonos la crítica constructiva de nuestro entorno y, por supuesto, nunca perdamos la sonrisa.

sábado, 11 de noviembre de 2017

AQUEL HELADO QUE BAHAMONTES SE COMIÓ EN EL TOUR DE FRANCIA

El ciclismo es un deporte que siempre me ha apasionado y al que me aficioné más todavía cuando en mi infancia-juventud comenzaron a retransmitirse en directo los finales de etapa por televisión. Ciertamente que con los últimos acontecimientos de dopaje, con el execrable caso de Lance Armstrong, he perdido bastante interés en seguir las grandes vueltas, porque tengo esa latente sospecha de no saber si lo que estoy viendo es real, o pasados unos años las clasificaciones se van a alterar a causa de ciclistas suspendidos por consumir sustancias dopantes.

Hasta la llegada de los Delgado e Induráin en España vivíamos de las rentas y los medios de comunicación nos recordaban las hazañas de ciclistas míticos como Federico Martín Bahamontes y Luis Ocaña. Esos dos ciclistas eran los que recordábamos los niños de mi época, cuando queríamos alentar desde la distancia a la nueva hornada de corredores que se aprestaba a competir cada año en el Tour de Francia.

Luis Ocaña pese a ser más joven, nos parecía más lejano por aquello de que hablaba español con un fuerte acento francés y es que a pesar de haber nacido en Cuenca desde muy niño se crió en Francia, un gran corredor eclipsado por el enorme belga Merckx; un Ocaña que fallecería prematuramente, acuciado por las deudas y las enfermedades, pues se suicidaría poco antes de cumplir los cincuenta años. Más simpatía despertaba Bahamontes, porque parecía encarnar los rasgos de la furia hispánica: esfuerzo, abnegación, raza, superación...; eso y aunque resulte reiterativo también españolidad, porque Bahamontes era y es (aún vive en 2017, ya anciano) más español que la tortilla de patatas y su apodo de «El Águila de Toledo» que subrayaba sus gestas, lo hacían más mítico. Y es que era el prototipo que siempre se le ha atribuido al ciclista español, de raza escaladora, menudo y fibroso, fiel a un país que es el segundo más montañoso de Europa, tras Suiza. Su extracción humilde, su explosión casi inesperada, el ser una raya en el agua hacían de Bahamontes el paradigma del héroe deportivo español (de la dictadura). Y encima el apellido contribuía, era raro, diferente y en una interpretación interesada qué mejor apellido que Bahamontes para alguien que se encontraba en su salsa subiendo montes y montañas.

A todo esto, casi desde que tengo uso de razón (deportiva) se contaba una anécdota del gran Bahamontes que venía a ser la siguiente: Bahamontes era especialmente bueno en la montaña, no en vano en su carrera consiguió ser seis veces el Rey de la montaña, siendo en la actualidad el segundo hombre que más Premios de la montaña obtuvo en la ronda gala tras otro superclase como fue Richard Virenque, y homenajeado en la edición número 100 del Tour (2013) en el que se le nombraba oficialmente el mejor escalador de la historia de dicha competición. Se cuenta que en una etapa del Tour y subiendo un col (que es como se llama a los puertos en francés), se fugó con tal facilidad como el que va de paseo por un parque y se encaramó a la cima con tantísima diferencia que, en un sorprendente gesto de ¿chulería?, se bajó de la bici y se pidió un helado para esperar al pelotón. Es más, la «leyenda urbana» explicita que se pidió exactamente dos bolas y, además, de vainilla.

Siempre me ha parecido una historia tan increíble, casi un bulo que me pareció que había llegado el momento de saber algo más de ella.

Curiosamente en esta era de la información, de tal anécdota se disponen de escasos datos fidedignos. En varias webs se hablaba de un acontecimiento que levantó gran expectación, tanto que a Bahamontes se le echó encima un nutrido grupo de periodistas cámara en ristre, dispuestos a sacar la instantánea del toledano rechupeteando el helado. Pero no, no he encontrado ni una sola foto en Internet con Bahamontes ejerciendo de inopinado turista, cual dominguero que se come su helado para relajar las piernas después de un rato de marcha.

La primera cuestión que siempre me he planteado es la de qué sentido tenía dilapidar una ventaja tan clara cuando podía seguir hasta llevarse la etapa, o aspirar a algo en la General, porque Bahamontes cabe recordar que solo ganó un Tour. En la calle se decía que igual que subía con extremada facilidad, era más bien cagón en las bajadas y prefería esperar, algo que tampoco me cuadraba.

Lo cierto es que no solo hay ausencia de fotografías, sino que la información que se encuentra al respecto es casi nula en español e incidentalmente se habla en algunas páginas francesas.

Probablemente, atendiendo a una máxima de una de mis compañeras de trabajo, hay que acudir a la fuente y con toda seguridad aquí la fuente más fiable es la del propio Bahamontes. Sin embargo, apenas he encontrado una web en la que un periodista señala que habló una vez con el ciclista y le comentó lo que ocurrió, pero a falta de eso sorprende que no haya mucho más, ni incluso algún vídeo o alguna entrevista del propio Bahamontes que sigue afortunadamente entre nosotros, hablando del asunto del helado.

Yo no trataré de establecer una verdad absoluta, pero sí que intentaré arrojar un poco de luz con las modestas investigaciones que he llevado a cabo.

Corría el año 1954, año en el que un osado Bahamontes debutaba en el Tour de Francia, la carrera que a la postre le daría la máxima gloria. Un tanto desconocido para el gran público, en cuanto empezó a aparecer la montaña en las primeras etapas ya se destapó como un animador de la misma por su aparente facilidad para moverse cuando la ruta se empinaba.

Más de mediada la carrera, en concreto se disputaba la 17ª etapa de Lyon a Grenoble, corría el 26 de julio del citado año, una típica etapa alpina; por entonces el atrevido Bahamontes ya se postulaba como Rey de la montaña, y en mitad de la etapa emprendió una fuga junto con otros compañeros. Y fue al paso del Col de Romeyere cuando en teoría pasó lo que pasó.

El periodista de «El mundo deportivo» R. Torres en la crónica de ese día hace referencia incidental del helado como algo muy anecdótico, y que el tal puerto, apuntado como de 2ª categoría, en realidad tenía más dureza y, sobre todo tal estrechez que apenas podían cruzarse dos coches. Las crónicas de la época, por cierto, eran muy poéticas y mucho más literarias que las de hoy.

Y sí, Bahamontes coronó en primer lugar y a tan solo cinco segundos el francés Le Guilly, según cronometraje oficial, aunque R. Torres refiere en su crónica un textual «eran más», y a continuación a más de minuto y medio otro grupeto de escapados. R. Torres señala que en la bajada de ese puerto pincha, aunque luego se confirmaría que fue rotura de rueda y pedal, y antes la presencia de coches de asistencia no era tan rauda como ahora, por lo que la crónica habla de que se le fueron tres minutos como poco. Prácticamente todo lo que refiere este periodista es de oídas, de testimonios de terceras personas, y al respecto del asunto del helado señala textualmente y tras el incidente de la avería: «¿Qué otra contrariedad había tenido nuestro Quijote? Ninguna. El colega Elliot ha dicho que lo vio descender tranquilamente de la bicicleta y pedir en un bar un helado. ¡Vaya, un “Frigo” como diríamos en Barcelona!».

Aparte de este comentario indirecto y escueto hay un hecho cierto y es que aquella etapa la ganaría el francés Lucien Lazarides y Bahamontes llegaría con un retraso de más de doce minutos. El toledano luchaba abiertamente por la clasificación de la montaña y tras esta etapa alcanzaría los 58 puntos por 29 del bretón Louison Bobet; y para nada le interesaba la General, porque antes de esa etapa ya tenía un retraso de más de una hora, por lo que se podía tomar un helado o los que quisiera porque su cometido fundamental era el reinado de la montaña y el sustancioso premio que se llevaría y se llevó por ello.

De algún modo, el hecho de que existiera el tal helado, que fue más un entretenimiento que una chulería, se confirma con esa declaración a la que hacía referencia al principio de que un periodista amigo de Bahamontes alude que este le comentó que más o menos fue eso lo que ocurrió, que tuvo que esperar a que llegara el coche de la selección española de ciclismo (antes se competía en el Tour por selecciones y no por equipos o marcas comerciales) con otro mito como fue Julián Berrendero, que ejercía de Director. En todo caso, el helado no sería en lo alto del Col de Romeyere y, o bien, fue en la bajada, donde se refiere que Bahamontes perdió unos tres minutos, o más adelante, pues pudo tener una nueva avería, a tenor de los doce minutos que perdió en meta.

Curiosamente al hilo del helado aunque no hay demasiada información como buena «leyenda urbana» se han generado tantas versiones, tantos añadidos que se puede considerar una serpiente multicéfala, que si lo del helado era una costumbre, que el pinchazo lo provocó un coche belga, que si fue un batido de chocolate en vez de un helado, y hasta que alguna cerveza o un carajillo también cayó.

Bahamontes es un deportista mítico e histórico, ni era cagón en las bajadas, ni chulo en las subidas, siempre se caracterizó por ser racial, muy extrovertido, pero su clase quedó y queda fuera de toda duda. En ese año 1954 de su debut ganaría el Gran Premio de la montaña, en 1959 ganaría la ronda gala y numerosos logros lo encumbraron para ser hoy uno de los deportistas más importantes de nuestra historia.

El bueno de Federico, ya retirado, montó una tienda de bicis en Toledo y siguió auspiciando equipos ciclistas, y su nombre seguirá oyéndose eternamente en el mundo del ciclismo, más allá de que alguna vez el hombre se comiera un helado esperando a que le arreglaran su máquina, lo cual no deja de ser una simpática anécdota.

sábado, 4 de noviembre de 2017

"PULGASARI", DE SHIN SANG-OK

No es fácil encontrar noticias fiables sobre Corea del Norte desde hace ya años, el peculiar hermetismo del régimen es lo que nos han vendido los medios de comunicación occidentales, lo cual puede que sea muy cierto, pero en esta época que vivimos de la posverdad y del exceso de información, a veces se puede producir la paradoja de que estemos tremendamente desinformados, o informados solo de lo queremos oír.

Asumiendo que ese hermetismo tiene bastante de real, me va costando más trabajo pensar que un país que no es pequeño precisamente, tiene veinticinco millones de habitantes, dispone de una estructura organizativa tal para oprimirlos y cortar la cabeza a todo el que saca los pies del plato. Algún nivel de desarrollo se percibe con solo observar las infraestructuras de que dispone (vía Google Maps), muy superiores a la mayoría de los países africanos; los logros deportivos también denotan que hay un tejido bastante profesionalizado, o al menos, bastante maduro, así en fútbol masculino y, sobre todo, femenino dentro de los deportes colectivos y luego en deportes individuales destacan en halterofilia y lucha.

En fin, no quiero parecer muy permeable al régimen del histriónico Kim Jong-un, del que por cierto se dicen muchas barbaridades pero pardillo no es, porque vivió y estudió en su juventud en Berna (Suiza) y habla alemán e inglés; pero tampoco quiero aceptar pulpo como animal de compañía y comprar que Corea del Norte es un país metódicamente oprimido y que toda su población está hambrienta.

Dicho esto, ya llevaba tiempo, años diría yo, detrás de una película norcoreana, o más bien la película. Sí, porque yo sabía de la existencia de esta película casi desde que nació este blog, y la puse en mi cabecera de descargas de eMule, pero pasaban los años y aquello no se descargaba, lo hacía con tal lentitud que calculé que tardaría décadas, parece como si desde Pyongyang sacaran con cuentagotas cada segundo de aquella película, sabedores de que un tiíllo de un pueblo de Jaén quería verla y me habían pillado.

Después de varios años haciendo poco caso o ninguno, y las escasas veces que consultaba percibía que la descarga estaba en un estado durmiente, hace apenas unas semanas vi que ya se había descargado sorpresivamente. Acudí con celeridad a ver si esa era la película que yo quería ver (porque en Internet ya se sabe) y sí, solo que en la versión original, es decir, en coreano. Recordé que a la par que ordenaba la descarga, tan lejana en el tiempo, también me había descargado los subtítulos en español, que siempre son un recurso para ver películas raras o de lejanas latitudes; pero no encontré el archivo, a buen seguro que lo había borrado previendo que desde Corea del Norte jamás permitirían que yo viera la película.

Sin embargo, me dispuse a buscar los subtítulos en español en algunas páginas web que funcionan muy bien, y cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que la película yacía, tan inocente ella, en YouTube, lógicamente en coreano pero con los subtítulos en español, con lo que mayor comodidad imposible.

Resulta extraño que alguna película norcoreana haya sobrepasado sus fronteras y no ya solo que se haya podido visionar en países europeos o Estados Unidos, sino en sus vecinas Corea del Sur, Japón o China, con las que puede tener alguna afinidad cultural; pero esta sí traspasó esos muros, muy probablemente para no parecer tan herméticos.

La película fue toda una operación política, vamos por partes, para su rodaje se contó con un relativamente conocido director surcoreano, Shin Sang-ok, aunque nacido en territorio norcoreano en 1926, época en que ambas Coreas eran solo una. No queda claro si fue contratado, como manifestó el régimen de Corea del Norte, para impulsar la industria cinematográfica de aquel país; o secuestrado junto a su mujer como se defiende desde medios occidentales. Lo cierto es que Shin Sang-ok dirigió siete películas en ese país entre 1983 y 1986 y esta, Pulgasari, de 1985, es la más relevante.

Hay que imaginar que toda esa industria habría de pasar por el tamiz gubernamental y ser parte esencialísima de su maquinaria doctrinal, es decir, que sirviera para ensalzar los valores patrios, qué menos. Pero en esta película se dio un paso más, no solo dar ese salto simbólico al exterior, sino que también fuera cualitativo, o sea, para darse a conocer al mundo había que hacer algo que llamara la atención.

Kim Jong-il grabando Pulgasari
Así que Kim Jong-il, el padre del actual presidente Kim Jong-un, fue el que se puso al frente de la producción ejecutiva y, de hecho, hay fotos en Internet en las que se le ve cámara en ristre dispuesto a mostrar, porque yo lo valgo, su sapiencia en el séptimo arte, y su omnipotente vocación por educar a su pueblo convenientemente.

En esa labor ejemplarizante y aperturista, se escogió una temática que, con las debidas distancias, tiene algún parecido con Godzilla, es decir, trata sobre una especie de monstruo mitológico que tiene una ética muy particular, defiende a los oprimidos y ataca a los opresores.

La acción se desarrolla en la Edad Media, siglo X aproximadamente, aunque es bastante atemporal, es decir, que podría valer si dijéramos que se sucedía en el siglo XVIII, y ahora señalaré por qué ya que hay alguna que otra pifia histórica.

En un humilde poblado viven sus habitantes dedicados a sus menesteres, el sector primario y una pequeña industria que abastece de herramientas a los agricultores y labradores. Taksae es el veterano herrero del poblado que forja esos instrumentos de labranza y es también, de algún modo, el forjador del espíritu de sus vecinos.

Las huestes del rey llegan al poblado y exigen un impuesto «revolucionario» consistente en el pago con todo el hierro disponible (forjado o sin forjar), lo que supone una sentencia de muerte, puesto que les limita la explotación de sus recursos; esto genera notable confusión en la gente, que intenta rebelarse, lo que provoca la prisión de buena parte de los hombres.

Taksae como miembro relevante del pueblo es sometido a torturas y muy particularmente lo dejan sin comer para que muera de hambre. Su hija Ami acudirá a la prisión y con dificultad conseguirá hacerle llegar unos puñados de arroz. Taksae ya casi en su lecho de muerte, recogerá a duras penas ese arroz, no para comerlo sino para moldear junto con arena un muñeco parecido a un lagartito, con el deseo último al cielo de que su última creación hecha desde el corazón pueda ayudar a su pueblo injustamente tratado.

Con Taksae muerto, su familia recuperará sus pertenencias y el pequeño juguete al que llamarán Pulgasari (hay que decir que en toda la película sus personajes se dirigen a el como Pulgasari-a, imagino que son cosas del idioma coreano). Casualmente una gota de sangre de Ami caerá sobre ese simbólico regalo y el muñeco cobrará vida. Pulgasari tiene la particularidad de alimentarse de hierro, y a medida que come se hace más grande.

A la par que va creciendo ya se va apreciando su ética y el compromiso con los más desfavorecidos, de tal guisa que no solo libera a los jóvenes de su pueblo que aún estaban presos, sino que se convierte en una terrible amenaza para el régimen monárquico.

Los súbditos del rey urden estrategia tras estrategia para intentar eliminar a Pulgasari, pero fracasarán una y otra vez. A la postre, la historia termina con final feliz, pero con una poética paradoja, Pulgasari no puede dejar de comer hierro y, siendo el salvador de su pueblo, también es ya una amenaza, pero hay un horizonte de esperanza…

Hay algunos aspectos interesantes de la película, retomando con lo que señalaba unos párrafos más arriba; Kim Jong-il, erigido en benefactor de la misma, contrató a técnicos japoneses para los efectos especiales; y como ya he comentado en alguna ocasión en esta bitácora, uno de los principales retos a los que se enfrentaban antes las producciones cinematográficas y televisivas es el pago de extras, algo que hoy se resuelve con programas de diseño por ordenador; así que para tal fin, y con ocasión de las batallas que se suceden entre las tropas reales y las ordas del pueblo capitaneadas por Pulgasari, Kim Jong-il hizo que no menos de diez mil extras pertenecientes al ejército norcoreano participaran en las grandilocuentes escenas de exteriores.

Lo cierto es que, en contra de lo que pueda parecer, y partiendo de la premisa de que la temática de monstruos no es santo de mi devoción, la película se deja ver, es entretenida; los efectos especiales no están nada mal, se percibe que hay muchas maquetas, que son las que Pulgasari se encarga de destruir, y el propio Pulgasari no está mal conseguido.

Ahora bien y como también he referido antes, hay un arma que utilizan los ejércitos reales que me parece que está fuera de sitio, pues atacan a Pulgasari con unos cohetes incendiarios que más parecen misiles actuales que otra cosa.

En definitiva, una película que no aburre, que tiene el interés y la curiosidad de saber algo del cine del país de donde procede, puesto que casi se puede considerar la producción norcoreana más conocida fuera de sus fronteras patrias; y que vista hoy y conociendo lo que ocurre en Corea del Norte, quien dice pueblo oprimido por un rey, también podría pensar que la opresión la ejerce el que tiene el poder y lo administra arbitrariamente, como sucede hoy al parecer. Pensar que el Pulgasari que necesita Corea del Norte es Donald Trump tampoco me alienta.